FIGHT CLUB EN MONTEVIDEO
TOMÁS ÁLVAREZ
La Warriors es un evento de boxeo amateur que se realiza en la pista de skate de la Plaza Líber Seregni. Hoy enfrenta el desafío de ser reconocido como una actividad deportiva legítima. Entre el apoyo vecinal, las críticas de la Federación Uruguaya de Boxeo y el interés de los jóvenes, se define el futuro de la competencia.

La Plaza Líber Seregni, punto neurálgico de las juntas montevideanas, del mate compartido entre amigos y parejas, de los partidos de fútbol improvisados y de las charlas que se estiran entre termo y parlante. De día es tierra de estudiantes, adultos mayores paseando a sus perros, niños y bicicletas. De noche, un escenario distinto. Entre el olor a porro y vino se mezclan los ecos de rimas, risas, juntas de amigos y alguna que otra botella voladora. Es un espacio tomado por la juventud, una cuna del under donde se cruzan realidades. En medio de esa mezcla nació La Warriors, un evento que, según sus detractores, rozaba la ilegalidad, pero que para quienes lo viven, representa respeto, disciplina y barrio.

La Seregni, ubicada entre Cordón y el Centro, fue inaugurada en 2008 como un espacio cultural. Sus canchas, las luces bajas y sus espacios verdes la convirtieron en punto de encuentro para actividades nocturnas y diurnas, desde encuentros para «ranchar»  hasta batallas multitudinarias de rap. Dentro de ese movimiento urbano, La Warriors encontró su lugar.

A las seis de la tarde, se empieza a vislumbrar los rostros tensos de los peleadores. Alrededor, un círculo de curiosos, amigos, familias y celulares encendidos. No hay apuestas, no hay gritos de odio, no hay golpes fuera de control. Hay emoción contenida, aliento, nervios, y un ring armado a base de balizas de la calle y una cuerda.

Leonardo Pereira no es un promotor deportivo ni un empresario: es boxeador, vecino y, sobre todo, un tipo que decidió organizar algo diferente dentro del boxeo. La Warriors nació después de una noche cualquiera, cuando vio a un grupo de pibes golpearse sin reglas detrás de un evento de rap en 18 de Julio. “Nos quedamos a ver, pero vimos que no era boxeo lo que estaban haciendo, solamente se estaban pegando, lo que no nos parecía algo deportivo o profesional”, contó. De esa impresión nació la idea de armar un espacio seguro donde el combate fuera deporte, no violencia.

 

Desde entonces, la cita se repite en la Seregni desde 2023. Con un precio de entrada de 70 pesos, Pereira empareja a los competidores según peso y experiencia. Nadie pelea sin bucal ni casco.  “Lo principal es que no estén bajo el efecto de drogas ni alcohol”, dice en entrevista con El Sótano. “Siempre pedimos eso. Es la responsabilidad de cada uno subirse ahí y respetar a la persona que se está subiendo contigo”. Junto a un pequeño equipo de jueces y un asistente médico con título de camillero integral, arman un protocolo que, aunque no oficial, se sostiene en el sentido común y en el respeto.

“Dijeron que era riña, que eran peleas clandestinas, que hacíamos apuestas, y la verdad que no. Nosotros siempre quisimos que se acercaran a ayudar”, cuenta Pereira. Su versión contrasta con la cobertura de los medios, que titularon sobre “peleas ilegales en la Seregni” y “preocupación de la Federación de Boxeo”. Montevideo Portal y Telenoche recogieron las quejas de la FUB (Federación Uruguaya de Boxeo), que alegó falta de condiciones y control médico. Para él, esas críticas llegaron sin conocer el esfuerzo del grupo por garantizar seguridad: “Siempre veíamos por la integridad física de la persona”, sostiene.

Las peleas se desarrollan dentro de claros márgenes. Si alguien tropieza o cae dos veces, se detiene el combate. La organización provee guantes, cabezales, inguinal y vendas. “La integridad física de cada persona que participa es lo principal”, enfatiza Leonardo. La escena parece más precaria desde afuera de lo que es en realidad desde dentro. 

Entre los que pasaron por ese ring están Francisco Celis y Agustín González, hoy boxeadores que representaron a Uruguay en el exterior. Celis asegura que llegó al evento por historias de Instagram. “Ahí encontré la motivación que me llevó a ser campeón sudamericano”. Describe al ambiente como uno respetuoso, de competencia sana. González también comenzó en la plaza antes de pisar un gimnasio y competir formalmente. Ambos coinciden: La Warriors fue un punto de partida. Celis recuerda que al subirse al ring por primera vez sintió algo que no había sentido en la calle ni en ningún gimnasio: “Durante la pelea sentí que ya sabía lo que estaba haciendo. El ambiente era de respeto, lejos de una riña callejera”, relata. Para él, fue la chispa que encendió su carrera: “Ahí encontré el hambre de gloria que me llevó a competir afuera”. González, por su parte, destaca que esa experiencia le dio estructura: “La Warriors me enseñó disciplina, me marcó el camino para meterme de lleno en el boxeo. Fue el primer paso para tomármelo en serio”. Ambos aseguran que el evento fue mucho más que una pelea en una plaza: fue el lugar donde descubrieron lo que querían ser.

Micaela, que fue público frecuente, recuerda la emoción colectiva que se vive alrededor del ring. Habla de una mezcla de adrenalina y gentileza, de familias que se acercan a mirar y de un clima distinto al que muestran los noticieros. “Nunca vi un conflicto”, dice sobre el evento. «Te tomás un vino en la grada, y se respira la emoción de cada pelea». Las peleas empiezan con el ruido de campana, al inicio son solo murmullos sobre que peleador se ve más fuerte desde afuera. Al minuto empiezan los gritos: «¡Uuuh!». Es la principal señal de que entró una buena. El juez siempre anda dando vueltas alrededor del ring, y mira con atención. Está claro que desde la organización saben que cualquier incidente recae en ellos. Siempre atentos a posibles tambaleos, y mareos. La grada se emociona cuando se acelera el ritmo de la pelea.  Se intensifican las arengas en el aire, la atención del juez también la ponen los espectadores. El juez grita «¡tranquila la fuerza, es exhibición!». Por momentos Pereira se ve más tenso que los mismos boxeadores, pero todos respetan las indicaciones. Es lo que tiene el boxeo, el equilibrio entre la tensión del daño y el disfrute del deporte. Al final de cuentas termina en un saludo cordial entre los competidores y el festejo del ganador con los suyos. 

Pero no todos lo ven tan tranquilo. Alicia Teibo, concejal del Concejo Vecinal 2, reconoce que el evento necesita regularización. Es ella quien está tramitando el permiso ante la Intendencia de Montevideo. Pero, lejos de oponerse, Alicia defiende abiertamente la continuidad de La Warriors. “El evento tiene que seguir haciéndose, porque mueve a la juventud y los mantiene en una actividad sana”, afirma. Destaca que desde el Concejo Vecinal vieron con sus propios ojos la organización y el  buen comportamiento del público: “No hay violencia, no hay descontrol. Es un espectáculo ordenado, con reglas, con cuidado. Es deporte, y hay que apoyarlo”. Considera además que la Intendencia debería acompañar y no frenar: “Esto no es un peligro, es una oportunidad. La Warriors muestra otra cara del barrio, la del esfuerzo y el respeto entre pares”. Su postura busca equilibrio: valora la propuesta deportiva, pero entiende la necesidad de formalizarla para garantizar seguridad y convivencia. “Estamos trabajando para que se reconozca como una actividad deportiva comunitaria”, explicó, destacando que el proceso incluye inspecciones y requisitos básicos de seguridad. Alicia incluso se ha ofrecido a mediar con las autoridades para que el evento obtenga respaldo institucional y recursos: “Queremos que la plaza sea usada para esto, no para peleas en la calle o consumo. Prefiero mil veces verlos entrenar y competir que verlos en otra cosa”.  

El vecindario está dividido. Daniel, que vive cerca de la plaza, opina que la actividad está buena. “Se juntan todos los botijas alrededor de la pista”. Sostiene que no le molesta y que le parece positivo que se promueva el deporte, aunque admite que tendría que estar regulado. Mabel, otra vecina, piensa lo contrario: “Me parece un horror”, dice. “En la tele decían que eran peleas clandestinas», este fue el término que más molestó a Pereira. En la entrevista reconoce que entiende la preocupación de la FUB, pero siente que fueron injustos: “Ellos son una federación profesional y entiendo su postura, pero muchas de las críticas llegaron sin saber lo que realmente hacíamos”. Según la Federación Uruguaya de Boxeo, las peleas en la plaza carecían de ficha médica, pesaje oficial y supervisión profesional. Para ellos, eso convertía a La Warriors en un riesgo. Pereira lo rebate: “Siempre vimos por la integridad física de cada persona. Si alguien cae dos veces paro la pelea. Hay reglas claras y se respeta”. También recordó que antes de cada pelea el asistente médico revisa a los competidores y les pregunta si tienen problemas de salud. “No dejamos subir a nadie bajo efectos de drogas o alcohol. Lo principal es cuidar a la persona”. Con respecto a los menores, los tutores legales deben presentarse físicamente junto a un permiso que declare que su hijo/hija pueda participar. 

Desde la FUB incluso señalaron que se dañaba la imagen del boxeo. Para Leo Pereira, eso fue un golpe personal: “Me escribieron diciendo que estábamos dañando a los menores, que era un mal ejemplo. Me pareció una falta de respeto. Nunca vi que critiquen a quien arma un picadito de fútbol en una plaza”.

Micaela, del público, comparte esa visión. “La gente que critica nunca vino. Si ves una pelea, ves comunidad, ves que los pibes se abrazan después. No es violencia, es deporte”, asegura. En redes sociales, varios espectadores coinciden con ella: lo que ocurre en la Seregni, dicen, tiene más de espectáculo barrial que de pelea clandestina.”.

En la noche montevideana, la Plaza Seregni tiene vida propia. Es parte de una tradición urbana que las nuevas generaciones mantienen viva, un ritual que combina desorden y pertenencia. En ese contexto, La Warriors no irrumpe, encaja. Es una nueva forma de ocupar el espacio público, donde el deporte intenta abrirse camino entre la desconfianza institucional y la necesidad de pertenecer a algo más grande.

Pereira lo entiende así. Sabe que no todos lo apoyan, pero insiste en que el evento cambió la rutina de muchos jóvenes: “Tengo mensajes de gente agradeciéndome por lo que hacemos”, dice. También cuenta la historia de una madre que le escribió pidiéndole que no dejara de organizarlo, porque su hijo “nunca se había sentido tan motivado en un deporte”. Para Pereira, esas son las razones que sostienen la pelea más grande: la de mantener vivo el espacio.

Entre la burocracia, la presión mediática y la opinión dividida del barrio, La Warriors sobrevive. No es clandestina ni profesional. Es un gris donde varios jóvenes amateur y profesionales disfrutan del deporte. La Warriors sigue en pie porque detrás de cada pelea hay una red de jóvenes que la sostiene, autoridades vecinales que la defienden y una comunidad que, entre dudas y apoyos, empieza a entender que no todo lo que nace del barrio es desorden. A veces, es simplemente otra forma de construir deporte y pertenencia.

Mirá la entrevista en Osados con Leonardo Pereira:

TOMÁS ÁLVAREZ

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