Foto cortesia de Cecilia Mesa, Escuela 60, San Pedro, Colonia, año 2019.
Tal como lo define la experimentada maestra Cecilia Mesa, la enseñanza en el corazón del campo es, en realidad, un «sacro oficio, no un sacrificio». Esta revalorización es la llave para entender una profesión que exige ser al mismo tiempo directora, contadora, cocinera, planificadora y, fundamentalmente, pedagoga de un aula con seis grados simultáneos. Son verdaderas malabaristas de la enseñanza que, con una profunda pasión, mucha dedicación y amor, lidian diariamente con los caminos intransitables y la asfixiante burocracia estatal. Sus voces son un eco de la fortaleza y remarcan la urgencia de equidad para la niñez rural.
Para contextualizar
¿Qué entendemos por Escuela rural?
Para la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) las escuelas rurales son los centros educativos rurales que imparten educación primaria en un horario de 5 horas. En las escuelas las clases se imparten de lunes a viernes. Los niños asisten a la escuela alrededor de 180 días al año. Imparten educación de 1° a 6° año en formato multigrado y en algunos casos comprende educación inicial. Se rigen por el Programa de Educación Inicial y Primaria, aprobado en el año 2008.
Las protagonistas de la ruralidad
Cinco maestras que han dedicado su vida en mayor o menor medida a las comunidades donde la escuela es el centro vital, nos ofrecen una mirada profunda y sin filtros sobre una profesión que es una vocación, y por sobre todo, una elección de vida.
¿Qué entienden ellas por maestra rural?
Ser maestra rural implica mucho más que trabajar en una escuela rural. Hay un encuentro distinto de cercanía y de comunicación al que debe estar preparada. Una maestra debe tener claro que la vida rural es distinta, con otros tiempos y exigencias. Debe tener un espíritu de confraternidad con el medio, no mimetizarse, mirar desde fuera, ser uno más pero con distancia, para ver que necesita su comunidad. La maestra debe ofrecer algo más, no solo al alumno, sino al padre de ese estudiante. Implica una entrega diferente y una dedicación sin precedente.
Cecilia Mesa: Maestra jubilada, que ejerció en localidades como «Cueva del Tigre» y «Cuchilla del Perdido». Tras pasar por el contexto urbano, regresó a la ruralidad para vivir la que considera su «mejor experiencia», la «más cercana con lo humano y la ternura» durante los últimos 11 años de su carrera.
Carolina Conze: Maestra rural desde hace 4 años. Ex alumna de escuela rural, en su primer año ejerció la ayudantía rural y en estos últimos 3 años se desempeñó como directora en el departamento de Durazno. Vive la docencia rural como una elección que «te tiene que gustar, sumamente vocacional”.
Verónica Fernandez: Cuenta con 26 años de experiencia en la docencia rural con una carrera desarrollada en su totalidad en la ruralidad de San José. Se desempeñó en 4 escuelas y disfruta mucho de la ruralidad ya que describe que se puede trabajar de forma tranquila. tuvo clases de 24 niños y también de 2. Describe la docencia rural como muy sacrificada y descuidada.
Beatriz Silvera: Maestra con más de 15 años de experiencia rural, se desempeña como unidocente en el departamento de Durazno en el Paraje las Tunas. Tiene 12 años trabajando en la escuela rural de esa localidad ejerciendo el multigrado. Quiere jubilarse en esa localidad y disfruta mucho ese silencio de la campaña a pesar de todo el esfuerzo que conlleva estar allí, pasando varios años sin agua ni luz.
Jenny Santos: Cuenta con 19 años de trabajo vinculados a las escuelas rurales. Se desempeñó como maestra, directora y directora coordinadora de escuelas rurales, su cargo actual hace ya 8 años en el departamento de Canelones. Actualmente coordina las 42 escuelas bajo su jurisdicción de Canelones centro. Siempre se desempeñó en escuelas rurales grandes, es decir de más de 1 maestro. Destaca la baja matrícula de las escuelas rurales en comparación a cuando ella inició su carrera.
La odisea diaria, el viaje y el vínculo del esfuerzo compartido
La jornada de la maestra rural se inicia con la adversidad del traslado. La elección de este camino no es solo vocacional, sino también de resiliencia ante los problemas que se presentan. Carolina Conze lo resume con naturalidad, “para quien lo elige es algo normal», aunque la realidad discrepa con la simplicidad.
Las maestras relatan la batalla contra los caminos de tierra que se vuelven trampas de barro. Carolina grafica la situación al recordar haber quedado «empantanada 17 veces» con su moto. Verónica Fernández y Cecilia Mesa se suman a esta épica diaria, describiendo las largas y frías horas en motocicleta, bajo la lluvia o la tormenta, sumando kilómetros o debiendo hacer inmensos rodeos. Esta situación es para las que poseen la suerte de tener un vehículo. Las maestras rurales cuentan que en su mayoría, vuelven a sus hogares haciendo dedo en las rutas, quedando a merced de los vehículos y las personas que circulen por la zona. Carolina cuenta que ella hacía dedo desde Cerro Colorado hasta Trinidad, caminando varios kilómetros, para volver a hacer dedo, a veces cruzando cañadas crecidas y subiéndose a vehículos de desconocidos, que si bien destaca que siempre la trataron con respeto y no tuvo malas experiencias, uno viajando sola con la luz partiendo, se pone en peligro.
Imagen cortesía de Cecilia Mesa.
Este tipo de adversidades forjan un vínculo con la comunidad donde esté asignada cada maestra, se convierten en un miembro más. Pero no son sólo ellas las que realizan sacrificios para llegar, Cecilia Mesa subraya que la maestra debe ser muy consciente del camino que recorren los niños para ir. Hay alumnos que, sin otra opción, hacen siete kilómetros en bicicleta solo de ida, un esfuerzo titánico que el docente de ciudad a menudo no entiende ni debe contemplar. Este esfuerzo compartido por alumnos y maestras cimienta una relación de profundo respeto y entendimiento mutuo, creando una confraternidad, que es la base de la educación en campaña.
El modelo multigrado
Para las maestras, el núcleo de la excelencia de la educación rural es su sistema multigrado. En un mismo salón, la maestra debe atender a un espectro amplio de edades, desde Inicial, 3 años, hasta el sexto grado. Lejos de ser un déficit, las docentes coinciden en que esa es la mayor riqueza pedagógica.
Beatriz Silvera es clara: el multigrado funciona como una auténtica zona de desarrollo próximo, el concepto vital de Lev Vygotsky. La dinámica es la siguiente:
Este ambiente se caracteriza por ser flexible y humano. No se percibe como algo negativo que un niño de un grado menor trabaje con uno superior o viceversa. La maestra tiene la libertad de adaptar la actividad al nivel real de cada estudiante, algo que se dificulta en el aula con grados homogéneos. Además destacan que no es visto con malos ojos por los alumnos, ya que si uno se retrasa, o tiene dificultad en aprender un tópico, no solo no se burlan de él, sino que generalmente los mismos niños adoptan una postura de comprensión hacia el compañero y de ayuda en la enseñanza.
Más allá de la didáctica, en muchos casos la maestra rural es la columna vertebral de la comunidad. Las docentes resaltan que el vínculo con las familias y vecinos es mucho más cercano que en la ciudad, sobre todo en las localidades más pequeñas o pobres. La escuela, en la mayoría de los casos, es la única presencia del Estado en el territorio, funcionando como un centro cultural y social de referencia. Es por esta profunda inserción y respeto que lo que dice la maestra en el campo todavía es palabra santa, siendo una figura a la que las familias acuden a pedir orientación, no solo en lo que concierne a lo educativo, consolidando así un alto compromiso con la comunidad, brindando funciones que trascienden a su nivel de formación.
La burocracia asfixiante y la brecha de equidad
A pesar de la inmensa vocación, las maestras rurales coinciden en identificar dos grandes enemigos a superar: la sobrecarga administrativa y la falta de equidad en recursos.
La crítica es unánime: la maestra rural se transforma en una directora.
“Te hacés cargo de todo lo administrativo: contabilidad, cocina, pedidos, todo lo que corresponde a un director, más el grupo de clase».
Las docentes han notado desde sus inicios, una mayor carga burocrática y administrativa, lo que genera un desplazamiento del foco principal, la educación de los niños. El tiempo dedicado a esta carga ha crecido tanto que, como señala Beatriz Silvera, se emplea la mayor parte del tiempo en la dimensión organizativa y administrativa y no en la pedagógica, que debería ser la central.
La planificación de un aula multigrado, donde se deben dominar los programas de todas las clases simultáneamente, es tan exigente que no alcanza a realizarse en el horario de clase afirman las maestras. Esto las obliga a sacrificar tiempo con su propia familia e hijos para poder cumplir con el enorme volumen de trabajo administrativo que se les impone. Ya que como explica Veronica Fernandez, las 8 horas de trabajo se dividen en 5 de clase y 3 de trabajos administrativos, pero estas 3 horas nunca alcanzan, entonces la maestra rural trabaja 10 a 11 horas por día.
La desigualdad en recursos y presupuesto
No obstante, las escuelas rurales especialmente las unidocentes, representan una inversión por alumno más alta debido a los costos logísticos y el tipo de educación que imparten según ANEP.
Sin embargo, a pesar de estas cifras para las maestras, la escuela rural, siempre queda para atrás en la aplicación de las políticas educativas, lo que genera una notoria falta de equidad en comparación a sus pares urbanos.
La falta de profesores de Educación Física, Educación Musical y de Inglés (o la dificultad para lograr la implementación de programas como el Inglés Ceibal) es un déficit que le quita equidad a los niños rurales en comparación con sus pares urbanos, limitando su formación integral. Se señala de todas formas la falta de presupuesto para la infraestructura más básica como arreglos, puertas y ventanas. La carencia se traslada también a lo didáctico específico, como juguetes o alfombras para inicial. La partición de alimentación es constantemente insuficiente. Este factor obliga a las docentes a priorizar la cantidad de comida sobre la calidad, un dilema que compromete la nutrición de los alumnos, donde todas las maestras concluyen lo mismo.
Conectividad, mutación social y la amenaza burocrática
La educación rural del siglo XXI opera en un entorno social y tecnológico cambiante. La maestra Jenny Santos enfatiza cómo la tecnología ha modificado la interacción, ya que la conectividad ha llegado para quedarse. Jenny señala que, si bien antes la comunicación con la familia se hacía «a caballo» o esperando a que se conteste el teléfono, ahora se hace por WhatsApp. “Si no escuchan la llamada de teléfono, les mandás un WhatsApp», esta facilidad ha permitido, por ejemplo, que las coordinaciones docentes para un coloquio se realicen por Google Meet, una herramienta que nunca habían utilizado, pero que ahora posibilita la colaboración efectiva a distancia.
Sin embargo, estas herramientas tienen su aspecto negativo, la misma tecnología hace que desde la capital se pueda pedir un proyecto «para la semana que viene» de manera inmediata, aumentando la presión sobre la carga administrativa.
Las maestras alertan sobre dos fenómenos que atentan contra la supervivencia de las escuelas que se enfrentan a cambios sociales significativos. Varias docentes señalan que las infancias en la ruralidad se están terminando, es decir, menos niños crecen o se forman fuera de los centros urbanos. El fenómeno de la despoblación infantil provoca el cierre de escuelas y, consecuentemente, la pérdida de cargos para las docentes.
Además de la disminución de la matrícula, el perfil del niño rural está en plena mutación. Cecilia Mesa lamenta que sus primeros alumnos amaban el campo y sabían mucho sobre la vida rural, mientras que los de ahora prefieren «quedarse jugando al Playstation o en la compu», en lugar de disfrutar de la naturaleza.
A pesar de este notorio cambio, las maestras sostienen que el niño rural posee más capacidad de adaptación a una ciudad -a las calles, a los supermercados-, mientras que a un niño urbano le cuesta mucho adaptarse a la ruralidad -a los kilómetros bajo el frío, a la vida con animales-.
En segundo lugar, la burocracia de Primaria se interpone incluso en la solidaridad. Aunque las familias y las comisiones de fomento tienen una inmensa disposición a ayudar, el exceso de trabas burocráticas impide que puedan realizar arreglos por su cuenta o donar alimentos, por exigencias de inocuidad, ya que el sistema impide que el apoyo espontáneo de la comunidad llegue a la escuela.
A pesar de los desafíos -la inestabilidad en los planes de enseñanza, la despoblación y la carga administrativa-, la profunda querencia y el sentido de pertenencia que la maestra rural siente por su escuela son el pilar fundamental para que funcionen. El deseo por ejemplo de Jenny Santos de jubilarse en su cargo actual, es el testimonio más fuerte de que esta labor, más que un sacrificio, es el «sacro oficio» de sostener la educación y brindar dignidad a los niños del Uruguay profundo.




