En la ciudad, las paredes hablan. Algunas lo hacen con grandes murales de colores vivos, otras con frases cargadas de ironía. Y en los rincones más inesperados aparece el “tag”: ese garabato veloz que, para muchos, no comunica nada más que ruido visual. Sin embargo, detrás de cada forma de graffiti existe una lógica que interpela a la sociedad y su relación con la ciudad.
“El tag es la forma de grafiti que mejor ha conservado su carácter contracultural, ilícito e invasivo”, explica Richard Danta, semiólogo especializado en urbanismo.
Cuando tenía apenas quince años, con una lata de ferretería en la mano y la necesidad de dejar su marca en la calle, Zabo descubrió el grafiti. No fue un impulso aislado: venía de experiencias previas en el mundo visual y artístico, pero también del contacto con las hinchadas de fútbol, donde pintar muros era reafirmar territorio, protestar o alentar. “Ahí entendí que había una identidad que me hacía ruido, que me parecía interesante”, recuerda.
Entre lo legal y lo cultural
A diferencia de los murales o bombas que aportan color, destreza técnica o incluso mensajes políticos, el tag se limita a una firma rápida. “No hay allí una propuesta estética ni una idea clara a comunicar. Lo que dice un tag es: esta superficie es mía”, sostiene Danta.
En su casa, de valores tradicionales, el grafiti fue visto al comienzo como simple vandalismo. Pero con el tiempo la percepción cambió: “Hoy creo que mi madre disfruta de ver un tag mío en la ciudad, y eso me deja tranquilo”, agrega Zabo.
Ese gesto de apropiación simbólica genera una doble marginalidad: dentro del propio mundo del grafiti, donde suele percibirse como una falta de respeto hacia otras obras y fuera de él, entre los vecinos que lo leen como vandalismo. “Jurídicamente, sí lo es”, reconoce Danta, “aunque culturalmente pueda resignificarse como expresión de una subcultura”.
Para este grafitero, salir a pintar no es un acto mecánico: es una exploración. “Primero habito el lugar, camino la calle como si fuera un zoológico. Algo me llama la atención, y ahí siento que debo dejar constancia de que estuve”.
El contra-paisaje urbano
Mientras la señalética y la publicidad se integran naturalmente al entorno, los tags operan como un “contrapaisaje”. Intervienen de manera inesperada en muros, garitas de ómnibus o fachadas privadas. “Un tag puede agredir la habitabilidad de los demás, pero al mismo tiempo los vuelve conscientes de que habitan la ciudad. Nos recuerda que el espacio urbano no es neutro, sino escenario de conflictos simbólicos”, menciona Danta.
Aunque insiste en que grafitea primero para sí mismo, Zabo reconoce que el diálogo con los demás es inevitable: “Al estar en el espacio público, el mensaje siempre se abre al otro. Yo pongo antes que nada el respeto por los demás, pero después aparece la pregunta. Siempre grafiteo como si lanzara una pregunta sin signo de interrogación, que debe ser completada por quien lo ve”.
Expresarse para ser vistos
La definición del grafiti trasciende la estética: es un medio para ser visto y para habilitar la expresión colectiva. “Solo nos expresamos cuando vemos que los demás lo hacen. Aprendemos a hablar, escuchando. El grafiti es eso: una pregunta que invita a que otros hablen”, dicen tanto Danta como Zabo desde miradas distintas.
Claro que cargar con la etiqueta de “transgresor” trae consecuencias. “Muchas veces es un peso, pero también es la oportunidad de recibir lo bueno de ser alguien que se anima a decir cosas. A veces no importa cómo las digas: lo importante es que alguien las diga”, reflexiona Zabo.
Arte, vandalismo o expresión cultural
La pregunta sobre si el grafiti es arte o vandalismo abre un debate que excede las paredes. Para Danta, no hay una respuesta única: “El tag no es arte en el sentido tradicional, porque su esencia está en la espontaneidad del garabato. Pero tampoco puede reducirse a vandalismo, porque canaliza preocupaciones e identidades que de otra forma no tendrían espacio”.
Entre las experiencias más significativas que recuerda Zabo está un homenaje en el corazón de Montevideo. En una central eléctrica de UTE, donde otros grafiteros habían pintado un mural para recordar a Plef —un referente del hip-hop y del grafiti uruguayo que perdió la vida defendiendo sus ideales— él decidió sumarse. “Me trepé bastante alto con una lata negra común, arriesgué mi vida y pinté mi tag al lado. Fue un gesto de respeto y de pertenencia a esa memoria colectiva”.
“Cuando algo atraviesa tantas culturas y épocas es porque cumple una función social”, afirma Danta. “El graffiti ayuda a que la ciudad tenga conciencia de sí misma, a que deje de ser un espacio inerte y se convierta en un lugar vivenciado”.
En ese sentido, cada trazo no sólo comunica una presencia individual, sino que también recuerda que la ciudad es un espacio colectivo en permanente disputa y resignificación.
Tensiones internas
El grafiti también está atravesado por tensiones internas. ¿Se puede pintar encima de la obra de otro? ¿Cuáles son los límites del respeto? Para Zabo: “Cuando uno pinta sobre la obra de otro está diciendo algo. Depende del contexto, de la intención, del lugar. Una pieza compleja impone respeto por sí misma, pero si alguien tapa mi obra entiendo que hubo un motivo que se cruzaba con el mío. Yo también lo hago a veces”.
Danta, por su parte, insiste en que el tag, en particular, resiste a ser domesticado: su firma anónima y veloz puede irritar a los vecinos, pero también los obliga a reconocerse parte de una ciudad viva, donde los muros son soporte de disputas simbólicas.
Uruguay y el mundo
Para Zabo, la práctica está llena de códigos tácitos y símbolos que comunican más allá de las letras. “No es lo mismo pintar un tag y al lado una esvástica. El grafiti nunca es ingenuo”.
En comparación con otros países de Latinoamérica, donde bandas de grafiti se vinculan incluso con el crimen organizado, la escena local tiene otro tono. “En Uruguay el grafiti es más cooperativo y mucho menos dramático de lo que se cree. Hay más exageración que realidad cuando se intenta vincularlo con la delincuencia. Pintar en la calle es una práctica que debe entenderse en sus propios términos”, concluye Zabo.
Una tensión que persiste
Entonces, ¿qué hay detrás de un grafiti? Para Zabo, la respuesta es clara: hay un modo de habitar la ciudad. No se trata de decoración ni de simple vandalismo, sino de una forma de apropiarse del espacio público, de inscribir preguntas en las paredes para que otros las lean. “El grafiti es dejar constancia de que estuve ahí. Es una pregunta abierta. Y al mismo tiempo es una manera de recordar que la calle es de todos”.
“Yo no tengo una postura celebratoria ni condenatoria”, concluye Danta. “Lo que sí creo es que, aun agrediendo, el graffiti recuerda que la ciudad es nuestra, que está habitada y en permanente conflicto. Y eso, aunque incomode, también es parte de vivir en ella”.
Detrás de cada tag puede haber rebeldía, homenaje, protesta o juego, pero siempre hay un gesto humano que transforma la ciudad en un espacio compartido de memoria e identidad.




