“Cuidámelo, por favor”
Diecisiete años después, a Leonardo le sigue resonando esta frase. Se la dijo un padre al momento de entregarle el pequeño féretro de su hijo. “Me quedó marcado para siempre: el momento, el lugar, la hora, el día, todo, son cosas que a veces guardamos”.
Leonardo tiene 37 años, es de aspecto sereno y transmite tranquilidad con su bajo tono de voz. Admite que el trabajo lo volvió un poco insensible, sin embargo, tiene un buen tacto y apertura para hablar de temas que, quizá, cualquier otra persona que no se desempeña en el ámbito fúnebre no tendría.
No eligió trabajar como sepulturero. En el 2011 se abrió un llamado por la Intendencia de Montevideo y salió sorteado. Desde entonces trabajó en varios cementerios, entre ellos, el del Cerro, el de la Teja, el del Norte, el Central y actualmente en el de Buceo, donde es el jefe operativo desde hace ya ocho meses. Ya no sepulta más— aunque lo supo hacer por 16 años— ahora tiene cinco personas a su cargo.
Otro día en la “oficina”
La jornada comienza a las 7:30 de la mañana. El primer paso del día es ver qué entierros, reducciones o tareas de mantenimiento por hacer. El oficio del sepulturero no es solo cavar una fosa, también limpian el cementerio, cortan el pasto y ayudan a las familias que acuden al lugar. Si bien según Leonardo cada vez son menos las personas que acuden al cementerio de manera habitual, suelen haber días más cargados emocionalmente cuando hay varios entierros o cuando niños en el momento de sepultar a alguien.
El Cementerio del Buceo, durante el primer sábado de noviembre, se encuentra vacío. A pesar del buen tiempo, la vegetación, los ruidos de pájaros y el sol resplandeciente, Leonardo lo define como un lugar frío. “Siempre hay silencio. Es un trabajo donde hablás poco, pero pensás mucho”, comenta.
Sin embargo, esta paz choca con la realidad de un tema que se respira en el cementerio: el dolor. Leonardo admite que es un trabajo duro: “Más que por el esfuerzo que por lo que ves todos los días”. El jefe operativo naturaliza el convivir con la muerte diariamente. Ha enterrado bebés, niños y hasta amigos. Ya nada le sorprende. “Hay que tener respeto, paciencia y cabeza fría”. No es un trabajo para cualquiera, pero alguien tiene que hacerlo”, asegura.
Más allá de haberse tornado costumbre tratar con personas muertas, admite que no es del todo fácil: “Te acostumbrás, pero nunca del todo. Siempre hay algo que te golpea. A veces salís con la cabeza cargada, porque viste cosas que no se olvidan”, agrega.
Una forma de lidiar con el dolor es el humor, y sobre todo el humor negro. Según cuenta Leonardo, es parte fundamental para poder afrontar ciertas tareas que le afectan: “Es un mecanismo de defensa. Nos ayuda a salir de situaciones difíciles. Entre los compañeros nos apoyamos y nos reímos, es lo que nos permite seguir”, afirma. También admite que no se habla casi nunca sobre sus sentimientos entre colegas, pero si se conversa sobre fútbol, familia y demás temas. “Casi siempre pasamos más tiempo con nuestros compañeros de trabajo que con nuestras familias, a veces forjamos amistades más allá del trabajo”, dice Leonardo.
El sepulturero admite que trabajar con la muerte, a lo largo de todos estos años, lo volvió más duro y con menos sensibilidad a ciertas cosas. De todas formas, no se define como una persona insensible. A menudo piensa en cómo se sentirá el día que le toque estar del otro lado del mostrador: “A veces me pregunto qué sucederá cuando pierda un familiar directo, no sé cómo me voy a sentir en ese momento”.
A todos nos toca
“La muerte está a la vuelta de la esquina. Hoy te levantaste y no sabés si luego volvés a tu casa. La muerte está en cualquier momento, en cualquier lugar”, comenta Leonardo.
Pensar en la muerte le es inevitable, pues trabaja con ella seis horas al día, seis días a la semana: “He pensado en mi muerte, es algo seguro, pero miedo no lo tengo. Si me tiene que tocar, me va a tocar. Es como que se apague una llave y el problema ya pasa a ser de tus seres queridos que sufren tu partida”, confiesa.
No obstante, no todo es necesariamente malo. Leonardo ha logrado obtener aprendizajes de la labor que ejerce y aconseja: “Disfrutar un poco más la vida, no preocuparse por cosas materiales o banales. Si algo se rompió, se puede arreglar; lo que no se arregla es el abrazo que no diste.”
Para Leonardo la muerte es un tema tabú en la sociedad por miedo a lo que viene después. “El miedo está en ser olvidado, a que exista un cielo o un infierno. Todo radica en que nadie te recuerde o en que haya algo más allá de la muerte, si es que lo hay”, manifiesta.
Los obstáculos
Leonardo asegura que ser sepulturero es un trabajo complicado que requiere de mucha entereza psíquica: “No cualquiera puede soportarlo, hay compañeros a los que realmente les afectó trabajar con la muerte. hay gente que no aguantó después de tener un hijo y se fue del sector o pidió un cambio”, afirma.
Leonardo asegura que falta un acompañamiento psicológico más riguroso para los trabajadores y que la Intendencia ha estado en falta últimamente en esta área: “En un momento hubo apoyo psicológico pero no duró mucho. Hay un lugar al que podés ir a hablar y que te ayuden, pero no hay un seguimiento psicológico durante el tiempo que se trabaja”. No se trata de un problema actual, Leonardo también asegura tener compañeros que trabajan hace 30 años que no tuvieron un seguimiento psicológico adecuado del día a día.
Los obstáculos del oficio del sepulturero desafían más que solo a la mente. Para ser sepulturero hay que tener estómago. La exposición diaria a orín de ratas, bacterias y nefastos olores hacen de este oficio algo aún más duro.
«Para la IM (Intendencia de Montevideo) somos insalubres, con unos estudios lo decretaron y por eso nos dan diez días más de licencia. Aunque para la jubilación no tenemos ningún beneficio». Por esta inconformidad es que Leonardo se puso en búsqueda de más y mejores beneficios para los sepultureros.
Debido a esta inconformidad, Leonardo hace un mes comenzó a recaudar firmas en búsqueda de mejores beneficios para los sepultureros: “Estaría bueno jubilarse antes, no solo por lo psicológico, sino también porque a veces trabajamos en espacios confinados, con gérmenes, bacterias, cuerpos en descomposición. Eso afecta la salud, no solo física, sino también mental”, sostiene.
Más allá de la carga emocional, física y psíquica que conlleva el trabajo del sepulturero, el oficio—luego de tantos años de experiencia— trae consigo historias inéditas. Tanto es así que Leonardo planea escribir un libro que incluya historias, vivencias, anécdotas y percepciones sobre la muerte de colegas con los que haya trabajado: “La idea es dejar un legado que se mantenga en el tiempo por medio de historias gratificantes e imborrables de sepultureros”. Si bien en este momento el proyecto está en stand by, el plan es retomarlo a la brevedad.
Un capítulo probablemente deba ser dedicado de manera exclusiva para las innumerable cantidad de historias que Leonardo guarda consigo. Imagínate decir: “Yo sepulté a Tabaré Vázquez en el Cementerio de la Teja». Leonardo tuvo el privilegio de hacerlo junto con otros compañeros y es un momento que nunca olvidará: “La verdad fue un orgullo y un honor haberlo hecho”, cuenta.
Esta es una de las tantas anécdotas que Leonardo tiene para contar. Una que recuerda es la vez que le brindaron sepultura en el Cementerio del Cerro a un hombre que había asesinado a su esposa y a sus dos hijas. Días después, familiares de las víctimas llegaron al cementerio buscando la tumba del agresor para prenderla fuego, lo que derivó en un episodio tenso que requirió intervención policial.. “Después se hizo la sepultura de las tres mujeres”, agrega.
Entre tantos momentos tensos, imborrables y llamativos que rodean a la muerte, Leonardo logró mantenerse a la altura, la muerte no le afectó. Sin embargo, sigue siendo humano y como todos, quiere quedar en la memoria de los demás de alguna forma:
“El día que me muera quiero que me cremen. Me encanta el olor a jazmín por lo que quiero que me pongan en una maceta de jazmín para que, cuando florezca la flor, se sienta el aroma y me recuerden”.




