URUGUAY: LA TIERRA DE LAS TRADICIONES Y LA PROMESA SINTRÓPICA
JOAQUÍN PASTORINI
En los campos de Uruguay, un choque de visiones sobre el futuro de la producción de alimentos está surgiendo. Por un lado, una filosofía que propone la co-creación con la naturaleza, donde la abundancia y la regeneración son el motor. Por otro, una realidad económica que prioriza la rentabilidad a corto plazo y la eficiencia de un modelo ya establecido.

La agricultura en el mundo está cambiando, y Uruguay no es la excepción. Nuevas propuestas surgen cada año, desde la rotación de cultivos hasta las praderas de recuperación, y es gracias a ello que propuestas como la de Inti Sanguinet y los bosques sintrópicos, se llevan adelante en nuestro país.

«Yo sentí un llamado de la tierra hace 10 años, de entender un poco más de dónde venían mis alimentos, de cómo funcionaban las plantas, la ecología y todo».

Un bosque sintrópico es un sistema agrícola que combina la producción de alimentos con la regeneración del ecosistema, imitando los procesos naturales de un bosque. A diferencia de la agricultura convencional o la permacultura más pasiva, la sintropía se basa en un manejo activo y constante de la tierra, como las podas intensas, para acelerar la sucesión ecológica.

Este método, impulsado en Brasil por el investigador suizo Ernst Götsch, busca aumentar la vida y la fertilidad del suelo de forma continua. Se caracteriza por plantar múltiples especies (árboles, arbustos, hortalizas) en alta densidad, ocupando diferentes estratos o alturas y ciclos de vida, lo que crea un ecosistema diverso y resiliente. El resultado es un sistema productivo que no solo genera alimentos de manera abundante, sino que también restaura la salud del suelo, regula la temperatura, mejora la infiltración del agua y aumenta la biodiversidad.

Inti Sanguinet es un ex guardavidas de 30 años que se ha convertido en pionero de la agricultura sintrópica en Uruguay. Su vida es un testimonio de su búsqueda por reconectarse con el origen de los alimentos. Nacido en Paysandú, un departamento distinto a los del litoral este del sur del país, se mudo a los 19 años para trabajar de guardavidas en Maldonado, un empleo que le permitía estabilidad económica y no estar desesperado para que su emprendimiento le sea de inmediato rentable. Esta situación le dio la libertad de explorar e invertir en su pasión. Se formó de manera autodidacta, con vídeos de YouTube y realizando investigaciones en internet. Aprovecho el inglés para acceder a conocimientos de personas que estaban haciendo cosas que acá todavía ni se nombraban, según describió. Se certificó en permacultura, que es un sistema de diseño que busca crear asentamientos humanos y sistemas agrícolas sostenibles, éticos y autosuficientes, imitando la sabiduría y los patrones de los ecosistemas naturales. Lo hizo a través de referentes como Geoff Lawton y Morag Gamble— dos expertos en permacultura y educadores a nivel mundial de habla inglesa—, pero encontró una limitación y era que estas técnicas regenerativas no eran suficientes para que la vida funcione en los suelos degradados de Uruguay, donde: “Se había vendido suelo superficial de los campos para hacer jardines en Punta del Este” explicó. Fue entonces cuando se topó con la agricultura sintrópica.

La tierra donde germinó su proyecto no fue una elección premeditada, sino que «se dio» en un terreno de la familia de su pareja, un lugar que, en un principio, era un clásico campo pelado de Uruguay, donde no había árboles y la vegetación era escasa. Fue el escenario perfecto para Sanguinet, quien sentía una profunda necesidad de conectar con el espacio que habitaba. «La percepción que yo tengo, es que necesitamos ecosistemas de abundancia y belleza que nos estén rodeando para poder tener una vida así también», reflexiona, convencido de que: «El espacio de afuera es parte de nuestro hogar». Así, el proyecto no solo se convirtió en un lugar de producción, sino en la transformación de un hogar a través de la naturaleza, logrando nutrirse no sólo de los alimentos, sino de las aves que vienen allí, los aromas, las flores, la riqueza de la tierra y todo lo que esta ofrece explicó Sanguinet.

La clave está en el concepto de «resiliencia». Mientras que una huerta percibida como más frágil puede ser destruida por una helada o una plaga, un bosque sintrópico, con su gran diversidad de especies, se protege a sí mismo. «Una cuenta de ahorros que se va aumentando cada vez más», describe Sanguinet, de esta forma se consolida la energía y se genera «más cosecha, más diversidades, más resiliencia».

Hoy, Sanguinet ha transformado este espacio de media hectárea en un ecosistema vibrante, una «escultura viva» donde cohabitan más de cien especies. En este espacio, han cosechado alimentos que desafían las convenciones, como las bananas-manzanas que describió como las más ricas de su vida. En pleno campo uruguayo, donde las heladas pueden bajar a cinco grados bajo cero, ha cultivado zapote negro, conocido como el «zapote de chocolate», o la caferana, el «árbol del fruto de la crema de maní», entre otros.

 

La percepción de Vida y Muerte: La Filosofía Sintrópica

Para Sanguinet, un bosque sintrópico no es una simple huerta. «En la huerta estamos estancados en la etapa de la sucesión ecológica temprana» que es es la fase inicial en la que un ecosistema se establece, explica, «es algo que solo está tomando, no está regenerando». El bosque sintrópico, en cambio, se rige por los principios de la sucesión ecológica, que él describe como «una energía que pulsa en el planeta 24 horas al día, 7 días a la semana». A diferencia de los bosques de alimentos de la permacultura, que son un poco más pasivos, los sintrópicos exigen un manejo activo e intenso, especialmente a través de la poda.

«Las podas lo que hacen es dinamizar los procesos de vida, aceleran esa muerte y vida», dice Sanguinet, comparándolo con una inyección de esteroides que potencia la regeneración gracias a la acción humana. Este manejo constante permite la convivencia de plantas con diferentes necesidades de luz y ciclos de vida en un mismo espacio, lo que resulta en una producción mucho más densa. «Nosotros podemos plantar un pecano a la misma vez que plantamos maíz, una alcachofa o un durazno en el mismo lugar», explica, en los bosques sintrópicos el tiempo y el espacio son aprovechados al máximo. «La huerta es algo solo de plantas anuales que es super frágil, super extractivo, porque solo estamos plantando y cosechando», mientras que los sistemas sintrópicos «son una cantidad de principios que en la huerta no lo vemos ni en figurita».

A pesar de que el costo de inicio puede variar enormemente, Sanguinet insiste en que el proyecto es sumamente adaptable a lo que tenga cada persona. El secreto está en la planificación, en lo que él llama el diseño de permacultura, que se centra en el «contexto». 

No hay una receta universal, ya que depende de variables como el tamaño, el objetivo (comercial o personal) y los recursos disponibles. Sanguinet da un ejemplo simple: «Una persona en vez de comprar los árboles en un vivero, los hace de semilla. Ahí ya se reducen un montón los costos». Incluso la propiedad de la tierra no es una barrera. «He ido a Buenos Aires a un lugar especial de un hermano, él tiene un hermoso bosque endémico de alimentos en una tierra que no es de él, que es de un vecino», cuenta, enfatizando en que un «vínculo benéfico» donde dos partes se beneficien de la ”explotación”  de la tierra puede ser el único recurso necesario.

 

La Cruda Realidad del Campo Uruguayo: El Debate Económico

La visión de Inti Sanguinet, aunque atractiva, se enfrenta a la frialdad de los números. Carlos Firpo,un técnico agropecuario y productor rural que conoce las entrañas del sistema agrícola tradicional, no oculta su escepticismo y cuestiona su viabilidad en un mercado dominado por el costo de la tierra y los insumos.

«Es indudable que el tema de la agricultura sustentable sería lo ideal», admite, pero inmediatamente contrapone: «No la veo posible por los valores de los campos». La realidad uruguaya respalda su preocupación. Según el Instituto Nacional de Colonización, el valor promedio de la tierra agropecuaria en Uruguay alcanzó los US$ 3.840 por hectárea en 2023, con valores en el sur del país que pueden superar los US$ 10.000. El precio de los arrendamientos también es alto, rondando los US$ 150 por hectárea.



Firpo lo resume en una frase contundentemente realista: «Esto es muy lindo pero cuando vas a los costos, ahí es donde se termina todo lo lo precioso». Su crítica no es contra la idea en sí, sino contra su aplicación a gran escala bajo el actual paradigma económico, que aborda el precio de compra y venta y arrendamiento de los campos, los costos de producción y la rentabilidad. Nos cuenta que tiene amigos que han intentado sistemas regenerativos, como pastoreos rotativos (que es una técnica de manejo ganadero que consiste en dividir un campo en potreros más pequeños y mover el ganado de forma regular, esto permite que la vegetación del potrero anterior se recupere completamente antes de que los animales regresen) y que han tenido éxito en áreas pequeñas.  Sin embargo, cuestiona: «Yo acá lo hago en un área de 50 hectáreas, lo hago y funciona. El tema que vos lo traspolas al resto del campo y no lo veo tan sencillo». Para él, el modelo actual, que utiliza fertilizantes y agroquímicos, aunque sea «antivida», ofrece la única rentabilidad viable para el productor que está pagando altos costos. En su opinión, la agricultura sustentable se enfrenta a un dilema central y es donde los conceptos recaen: «Acá hay un tema que se mezcla, que es lo que sería éticamente correcto y después está lo económicamente viable».

 

Más Allá de la Productividad: El Impacto Ambiental y Social

El debate entre lo ético y lo económico es el eje central de esta discusión. Sin embargo, estudios científicos demuestran que, más allá del lirismo, los bosques sintrópicos ofrecen una rentabilidad a largo plazo que la agricultura industrial no puede igualar. 

Investigaciones del World Agroforestry Centre (ICRAF) han demostrado que los sistemas agroforestales, como los bosques sintrópicos, tienen un mayor retorno económico y una menor dependencia de insumos externos como fertilizantes y pesticidas, lo que se traduce en una mayor resiliencia. Un estudio de la Universidad de Sao Paulo en Brasil calculó que, en comparación con monocultivos de soja, una hectárea bajo agricultura sintrópica puede capturar hasta 20 veces más carbono de la atmósfera y acumularlo en el suelo, ayudando a mitigar el cambio climático.

 

Para Sanguinet, la agricultura industrial se basa en discursos que en realidad no son reales y no tienen nada que ver con alimentar al mundo. Argumenta que la vida en el planeta se ha expandido y regenerado de manera natural, sin la intervención del ser humano, por lo que no tiene sentido que la humanidad necesite destruirla completamente para producir alimentos. Es por ello que, desde su perspectiva, el cambio no vendrá solo de las técnicas, sino de una transformación profunda de la conciencia, que nos permita re-evaluar nuestro papel en el ecosistema.

Sin embargo, reconoce que para lograrlo se necesita un: «Rediseño de maquinaria, sistema y visiones, para generar una realidad más abundante y regenerativa», un desafío para el cual los pioneros, como Inti, actúan como «traductores» de experiencias globales a la realidad local.

El Futuro de los Bosques Sintrópicos

El camino hacia una agricultura verdaderamente sustentable es una encrucijada entre el idealismo y la pragmática. El discurso de Carlos Firpo nos recuerda que, mientras la tierra tenga un valor puramente especulativo y los sistemas de producción estén diseñados para la extracción, el cambio a gran escala será una batalla cuesta arriba.

 La pregunta más allá de la viabilidad del bosque sintrópico y su funcionamiento, porque existen proyectos en Brasil y el propio experimento de Sanguinet demuestran que sí lo hacen, es si la sociedad en algún momento buscará formas de explotación de los campos “éticamente correctos” y si la economía encontrará la forma de volverlos “viables” comercialmente. 

El dilema, como plantea Firpo, se reduce a una elección: ¿priorizar la naturaleza o la economía? Esta postura también es compartida por Sanguinet quien argumenta que la decisión está entre seguir priorizando modelos que “destruyen la vida para la producción de alimento», o coexistir con la naturaleza, aceptando que somos parte de ella. El desafío no es solo técnico o económico, sino una transformación cultural, social y de conciencia.

Tal vez, el futuro no sea con la sustitución de la agricultura industrial de la noche a la mañana, sino, a través de la coexistencia con los bosques sintrópicos, que actuarían como laboratorios de resiliencia y abundancia. A medida que los eventos climáticos extremos y la degradación del suelo se intensifiquen, el modelo sintrópico podría dejar de ser un proyecto personal para convertirse en una necesidad colectiva. La transición puede no producirse, pero la semilla ya ha sido plantada por pioneros como Sanguinet, demostrando que existen otras maneras de abordar la forma de producir en los campos uruguayos.

JOAQUÍN PASTORINI

JOAQUÍN PASTORINI

Nostálgico, una falsa sensación de la misma lo define. Valores, creencias, estética y costumbres tradicionales. Para él, todo antes era mejor, aunque no lo haya vivido. La historia lo apasiona, de cualquier tipo, en cualquier lado, a cualquier hora. Observador. La curiosidad lo atrapa pero nunca lo logra saciar. Un glotón elocuente. En su sótano están los tiempos que no pudo conocer, los recuerdos que cree borrados y la historia de una familia que lo define. A esto lo envuelve la frustración y esperanza de estar a la altura.

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