CARTAS BAJO LA PUERTA: EL NEGOCIO CONTRA LA CULTURA
BRUNO MACIEL
Montevideo se redibuja entre demoliciones, la Ley de Vivienda Promovida y negocios nuevos que desplazan a los vecinos de siempre. La gentrificación aparece como una ciudad que se reinventa, las tensiones entre memoria visual y barrial y mercado inmobiliario revelan un Montevideo en obra donde no todos entran en el plano.

Las ciudades son una enorme tecnología sistemática. Organismos vivos y complejísimos, hábitats de diversas tecnologías con distintas etapas de vida según el lugar donde te sitúes.

Hace tres semanas, dos empresas inmobiliarias distintas me dejaron cartas casi seguidamente debajo de mi puerta. En ellas decían que estaban interesados en mi propiedad para construir edificios nuevos. Uno tuvo la decencia de redactarla, impresa con su logo y firmada por el gerente. “Sugerimos al menos escuchen nuestra propuesta”. La otra bruta me puso: “Hola, nos interesa su propiedad por motivos…” y vaya uno a saber qué más decía; no escribía muy bien. Esa carta, con la misma brutalidad que la sentí, la tiré. 

Hace 61 años, Ruth Glass, una socióloga germano-británica habló sobre este gesto a sus 56 años y lo llamó gentrificación, no exactamente al gesto de la carta, sino lo que la impulsa. Observaba Londres, en áreas industrializadas donde vivían la mayoría de los trabajadores de clase media o baja, y notó el progresivo aburguesamiento de la ciudad en otras áreas con la entrada de residentes de clase media-alta o alta. 

Glass utilizó entonces el término para hablar de transformaciones no solo sociales sino también físicas de un espacio. Donde se desplazan poblaciones originales de un lugar con su modernización tras las inversiones, generalmente buscando sacar de la decadencia a estos lugares. Luego ingresan otras poblaciones y eso también cambia los costos de vida, incluso los flujos comerciales. 

Dentro de las mutaciones de los barrios, aparecía la renovación de viviendas, el aumento de los precios de la propiedad y el alquiler, así como la transformación de los comercios locales y su intención de atraer una mayor actividad comercial. A medida que los nuevos residentes se mudaban a estos barrios, los antiguos habitantes a menudo eran desplazados con una fuerza no tan discreta debido al aumento de los costos de vida. La gentrificación no es solo modernización –cosa que incluso se puede ver como positiva–, es un cambio en la estructura demográfica y es una situación crítica a nivel económico para los grupos desplazados. 

La gentrificación puede tener efectos mixtos: por un lado, puede traer inversiones y mejoras en la infraestructura; pero puede resultar en la pérdida de la identidad cultural de un barrio, no dejando ni siquiera a sus habitantes originales. Hay demoliciones que no están justificadas solo por deterioro, sino por lógica inmobiliaria y especulación, una de las dos patas necesarias para que se pueda mover el negocio y se proyecte una oportunidad financiera de las empresas. Esto es la gentrificación, un fenómeno complejo que sucede en todo el mundo y cada vez con más intensidad, y de manera más alevosa. Sobre este asunto, el artista visual Alfredo Ghierra habló con El Sótano para discutir sobre la Montevideo de hoy y la de antes. 

Los experimentos urbanos

Acá la cosa no es solo que se modernice la ciudad y se tiren algunas casitas lindas con vitraux, acá la cosa es que en pro de un negocio se reorganiza una ciudad entera de manera progresiva, y a veces ni siquiera se da lugar a la elección. 

Igualmente, uno de los síntomas más visibles cuando se habla de gentrificación suele ser la modernización a ritmos acelerados. Antes, los trabajos tendían a ser un orgullo, eran meticulosos y estéticamente cuidados. Casi que eran rituales arquitectónicos, como lo entiende Ghierra, que hace siete meses, estrenó su primer largometraje, Montevideo Inolvidable. Una película documental que homenajea a la ciudad de Montevideo, y habla de las nuevas tendencias arquitectónicas sintetizadoras y replicadas en serie, criticando las demoliciones que desperdician el trabajo y la dedicación de la arquitectura de antes.  En distintos análisis llega siempre a una conclusión: a Montevideo se le está anulando su memoria urbanística“Esta tendencia es pan para hoy y hambre para mañana”, declara Ghierra a Cinemateca.

Ghierra estudió en Bellas Artes y en la FADU, y ha estado siempre muy interiorizado con el mundo de la arquitectura. “A diferencia de Europa, acá pareciera que es más fácil demoler todo y empezar algo de cero”, destacando que no hay ni interés por parte de los ciudadanos, ni políticas por parte del gobierno para garantizar este patrimonio visual. Ghierra entiende que estos procesos no son necesariamente inocentes ni casuales, y para que algo sea llamado gentrificación deben ejecutarse varias acciones que sí están muy dirigidas. 

En otra Montevideo, de cuando la moda era vivir en el Centro o la Ciudad Vieja, todavía resisten fachadas que cuentan la historia de la ciudad y de sus tendencias estéticas. Allí se dio un ecosistema del neoclásico solemne del XIX, los balcones curvos y vitraux del Art Nouveau, las geometrías del Déco y los primeros racionalismos que quisieron anunciar modernidad. Ese mosaico de estilos fue cara de una Montevideo que aspiraba a ser capital cosmopolita; hoy, cada demolición borra no solo una construcción, sino la secuencia entera de una ciudad que se pensó para ser diversa en estilos y terminó uniformada en cemento liso.

Con la Ley de Propiedad Horizontal, aprobada en 1946, Montevideo dejó de ser una ciudad de casas extendidas y patios compartidos para dibujar más casas apiladas. La posibilidad de dividir un edificio en unidades independientes abrió la puerta a la multiplicación de rentas y al crecimiento vertical del Centro y Cordón. El cambio fue más que arquitectónico: alteró la convivencia, diluyó el patio como corazón del encuentro y fue direccionando a la ciudad a otro rumbo. Lo que antes era familia ampliada o vecindario íntimo, se fragmentó en puertas cerradas y ascensores; el ladrillo no solo cambió de forma, también de vínculos.

En la Montevideo de hoy, donde el nuevo paradigma parece ser vivir cerca de la costa, nació en 2011 un lobo con piel de cordero, en la reconfiguración urbanística de la ciudad, apareció la Ley 18.795, de Vivienda de Interés Social, que sustituyó al motor de cambio de la propiedad horizontal. Se la conoce mejor como Ley de Vivienda Promovida. Fue pensada para democratizar el acceso a la vivienda, pero más del 70% de los proyectos terminaron concentrados en barrios como Centro, Cordón y Parque Rodó, donde ya había bastante de infraestructura, y también de demanda.

Después de todo, esto también pasa donde se busca atraer inversión privada hacia la construcción de viviendas. El Estado ofreció exoneraciones impositivas a empresas y desarrolladores a cambio de que construyeran proyectos con topes de precio, supuestamente accesibles para sectores medios y bajos. La promesa era doble: dinamizar la industria de la construcción, golpeada tras la crisis de 2002, y al mismo tiempo ampliar la oferta habitacional en zonas estratégicas de la ciudad.

 

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de los proyectos de Ley de Vivienda Promovida fueron en barrios de clase media-alta o alta

El arquitecto e investigador de FADU Agustín Viera Casanova, actualmente trabajando en el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial habló con El Sótano buscando dar perspectiva a este tema. “La estrategia de estimular la renovación urbana a través de exonerar impositivamente al desarrollo inmobiliario privado, sin regulaciones que orienten hacia focalizar la población que vivirá allí, es una política alineada a los procesos de gentrificación”. En este momento, Viera Casanova se encuentra haciendo su tesis de posgrado investigando la gentrificación en Montevideo, los resultados esperados de su investigación en curso buscan darle contundencia a este razonamiento. 

La ley cumplió más bien con una sola parte de su objetivo: los edificios nuevos comenzaron a multiplicarse. Pero con ellos llegaron también subas sostenidas en los alquileres y un cambio radical en el perfil de los habitantes. En lugar de sectores populares accediendo a viviendas dignas, lo que apareció fue un mercado atractivo para inversores y profesionales jóvenes, muchas veces de ingresos medios-altos. Tampoco se dirigió de la manera más estratégica la decisión. La paradoja fue que una política pública pensada para abrir el acceso terminó actuando como catalizador de la gentrificación: densidad, fachadas derrumbadas para dar paso a torres uniformes, vecinos de siempre que no pudieron sostener el costo y se fueron. Las nuevas construcciones que llegaron no fueron solo ladrillos para casas, sino también barreras ficticias que no puede demoler ninguna máquina.

Los desplazados

Manoel “Merola” Saied tiene 68 años, es hijo de una carioca llamada Nídia y de un inmigrante tunecino radicado en Brasil llamado Moncef. Nació en Río de Janeiro, y cuando tenía ocho años vino a Uruguay y se instaló en calle Gonzalo Ramírez. Su niñez la pasó callejeando con Mauricio, un amigo que se hizo en el barrio y le dio su apodo, vivían a cinco casas y un pasillo de distancia. Los padres de Mauricio eran músicos y aficionados del bossa-nova.  Una tarde como cualquiera recibieron a Manoel y mientras sonaba O Mundo É Um Moinho de Cartola, la madre de Mauricio lanzó al aire un “este chico ahora se llama Merola”; parecía que todo encajaba bien: brasilero por parte de madre, piel oscura, también le gustaba el bossa-nova, y de fondo sonaba Cartola.

Durante su niñez, esta dupla compartió rutina hasta que la mudanza los separó. De niños, iban juntos a la escuela número 16, luego fueron juntos al liceo número 28, merendaban y a veces hasta desayunaban juntos. Las primeras mieles de la adolescencia las vivieron a la par: las salidas, los encuentros, las resacas. Nunca perdieron el contacto, y por los últimos diez años de su vecindad, caminaban una cuadra y media para el lado del Centro a su bar favorito, se juntaban desde las 21:30 hasta el cierre para tomar unos vermut. 

“Parece una bobada, pero donde nos dimos cuenta primero que empezaron a subir los precios, fue en el súper y luego en el bar, donde las bebidas subieron lo suyo”, dice Merola. 

El último vermut les vino casi con apuro. Sin darse cuenta, por dos semanas dejaron de juntarse porque Mauricio estaba ocupado armando cajas y empapelando vajilla, alguna que otra vez Merola fue a ayudarlo; tocaba irse. Los gastos andaban mal, y una empresa constructora le había ofrecido una muy buena suma de dinero por el terreno de su casa. La situación se había vuelto insostenible para Mauricio, y ya otros vecinos de su cuadra se habían ido, por lo que acompañó la decisión y se buscó una casa en barrio Larrañaga. “Desde entonces no tengo con quién tomarme mi vermut de la nochecita. Obvio que nos hemos vuelto a ver, pero con la ida de Mauricio terminé de percatarme de que vivía en un barrio totalmente distinto, ya ni su casa queda, y me temo que lo mismo pase conmigo”, agregó Merola.

Cuando Montevideo comenzó a expandirse hacia la Ciudad Vieja sobre el siglo XIX, nacieron Barrio Sur y Palermo -el último vino un tiempo después-. Barrio Sur, por su límite costero (la actual rambla Sur) y su cercanía con el puerto lo convirtieron en lugar de residencia de sectores trabajadores, especialmente comunidades afrodescendientes que se instalaron allí tras la abolición de la esclavitud en 1852. Los vestigios de las comunidades afro siguen habitando estos barrios, pero con una presencia mucho menor. Aunque se sabe que el candombe y la memoria afro viven y luchan en estos rincones de la ciudad.

La casa de Merola es una casa que mezcla el estilo chorizo y el neoclásico popular, de esas típicas de Barrio Sur y Palermo. Zaguán de madera alto, con tallado, techos altos, ventanales que adornan esas fachadas angostas, repletas de molduras curvilíneas y entrecruzadas, balcones de hierro y un segundo zaguán interno que lleva a un corredor lateral con habitaciones. Sobre el final, el tragaluz del fondo de su casa es un patio interno donde guarda orquídeas, kalanchoes, rayitos de sol, un jazmín y una preciosa dama de la noche que tiene ya casi 40 años y supera los dos metros.

En otra época, la arquitectura de estas zonas se aprovechaban para instalar conventillos, que estaban estrechamente ligados con la población afrodescendiente uruguaya y con su clase obrera. 

Varias cajas quedan inarmónicas en esta casa de paredes celestes y techos grises con tuberías expuestas, resulta que Merola también se va, porque ya no puede sostener el precio del alquiler en su casa. “Con todo el dolor del mundo, me voy preparando para dejar la casa donde desarrollé casi toda mi vida”, dijo con voz quebradiza. Luego miró sus techos altos, eternos, mohosos, las máscaras africanas que adornaban su pared, y le limpió las cenizas de un incienso a una estatuilla de la Virgen de Trapani.

La resistencia que también es problema

¿Qué pasa cuando la cultura como resistencia también se convierte en parte del problema?

En Ciudad Vieja, Casa Wang ocupa una casona reciclada que alguna vez fue ruina. Hoy es residencia y colectivo artístico, galería y refugio para jóvenes creadores que la llenan de talleres, fiestas y exposiciones. Esa vitalidad cultural es celebrada como motor de vida en un barrio que muchas veces parece dormido.

Hablamos con Lucas Butler, mejor conocido como Bardo en la escena artística. Es artista visual y de los principales exponentes en Wang. “Casa Wang surge como un proceso de gentrificación”, dijo sencillamente para iniciar la charla. 

El Bajo en Ciudad Vieja fue un proyecto abortado de revitalización urbana-cultural, constaba de crear un circuito cultural. En octubre del 2014 con el Día del Patrimonio se lanza esta iniciativa, buscando rescatar el valor histórico, sociocultural y patrimonial de una de las zonas más deterioradas de Ciudad Vieja; la intersección de Juan Carlos Gómez y Piedras iba a ser El Bajo.

Un grupo de agentes inmobiliarios en esa época eran poseedores de varias propiedades, gran mayoría de ellas hechas mierda, o llenas de okupas, o con peligro de derrumbe. Casa Wang fue concedida a este colectivo de artistas por seis meses dentro de un comodato. El trato era simple: recuperar la casa y embellecer la zona con algunos trabajos. Con esto empezaron eventos con el nombre de El Bajo de CV. “Este evento se notaba que no era para gente del barrio, había un chetaje con una propuesta que no era acorde a la gente de la zona”, dijo Butler, destacando que incluso a veces ni se le avisaba a la gente del barrio que estos eventos se llevaban a cabo. “Esto es un caso donde se usa la cultura como excusa para levantar el valor a un lugar, luego vienen bares, negocios, inversiones y subas de los costos” concluyó. 

El proyecto de El Bajo no figura como cancelado, pero la dilatación que ha sufrido fue excesiva. Ritmo lento de intervenciones, falta de financiamiento, un apoyo institucional débil, la tensión entre la cultura y lo habitacional, y El Bajo pareciera ser entonces otro Titanic de la Ciudad Vieja. Casa Wang podía irse o quedarse, pero decidieron resistir para hacer algo que los involucre más y para militar por lo que los representa. 

Pero la paradoja es evidente: los mismos espacios que devuelven energía y visibilidad a la Ciudad Vieja son también engranajes del proceso de gentrificación. Atraen nuevos públicos, cambian las dinámicas comerciales y, sin proponérselo, vuelven al barrio más atractivo para inversores inmobiliarios. La cultura se vuelve resistencia y, al mismo tiempo, parte de la máquina de transformación.

Pero, ¿qué factores hacen que un barrio crezca más que otros? Viera Casanova, tomó las teorías de Bernt y Smith con dos enfoques distintos para intentar explicar lo más claro posible estos procesos. “Algunos barrios cambian más rápido que otros debido a que el potencial de extracción de beneficio económico a través de la inversión en el barrio es mayor que en otros”, explica. 

Montevideo seguirá cambiando: lo decisivo será si esos cambios se hacen a costa de quienes la habitan o con ellos. Entre demoliciones y torres, quedan preguntas abiertas sobre qué ciudad buscamos dejar en pie: una que sea recordada por su memoria desmantelada o una que pueda sumar futuro sin borrar lo que la hizo única, “con respeto a otros trabajos”, como destaca Ghierra. 

BRUNO MACIEL

BRUNO MACIEL

Le mueve más la sociedad y la cultura. Cuando no pudieron responderle más preguntas ahí se fue a buscar sus propias respuestas, sin saciarse. Le seduce lo tabú y si incomoda, más se divierte. El retrato urbano es su actividad favorita. El periodismo le resulta una chance de entender el mundo, y necesita siempre del impacto para una nota. Un tipo más bien clásico, por lo menos en los medios. Se lleva mal con la tecnología y peor con el streaming. En su SÓTANO hay varios instrumentos, plastilina, medias que se niega a tirar por su diseño y petacas de grappamiel.

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