Al pie de la Sierra de Minas, una casa pequeña en el medio del monte, Ariel Ameijenda le da los últimos toques de lustrado a una de sus guitarras. Una rayo de sol atraviesa la ventana y deja relucir la veta de la madera recién pulida, Ariel le saca una foto. Del otro lado del ventanal, verde y silencio, solo se escucha el agua de una cañada correr. Se trata de un lugar especial que lo conecta con su padre: “Era fanático de este lugar desde su juventud, venía acá a tocar la guitarra y recolectaba músicas de folclore tradicional”, cuenta. Compró la propiedad hace tres años y recién en julio de este año instaló una casa prefabricada como un segundo hogar familiar y taller.
Cuando se encuentra solo, además de trabajar en sus guitarras, dedica el tiempo a pasear por el monte abrigado con un poncho y, a veces, acompañado de su caballo. Conoce la flora del lugar al dedillo y reconoce especies con solo verlas.
De chico, acompañaba a su padre a acampar por la zona. De él heredó, no solo la profesión, sino su conocimiento y pasión por el monte nativo y las aves. Luego de su muerte, en 2002, esparció sus cenizas donde solían acampar, sobre una cañada que comparte el mismo agua que corre por donde hoy está su casa.
Ariel Ameijenda en el predio de su casa de Sierra de Minas
Hace 11 años, en 2014, Ariel se mudó de Montevideo al Cerro del Burro, en Piriápolis, donde aún vive y tiene su taller. Rara vez vuelve a Montevideo. Dejó de hacer reparaciones de instrumentos, que era otra fuente de ingresos y se dedicó de lleno a lo que más le gusta: crear guitarras clásicas de concierto. Trabaja con lista de espera y sus guitarras se venden por miles de dólares de la mano de algunos de los principales distribuidores de guitarras del mundo, como Guitar Salon International (EE.UU.) o Kurosawa Guitars (Japón), entre otras.
Guitarra de Ariel Ameijenda en proceso
A más de 100 km de distancia, por la calle Buenos Aires, en plena Ciudad Vieja, trabaja Emanuel Piotto; músico y luthier. Su taller se encuentra en el espacio cultural y artístico Tatú 3.14. Su taller está en el segundo piso, que comparte junto a artistas de distintos rubros.
Taller de Emanuel Piotto
Esa tarde noche estaba resfriado, lo que explica el Perifar en la foto; sobre la mesa —entre las herramientas, el mate y alguna otra cosa— reposaba un bajo eléctrico de cinco cuerdas que estaba arreglando. A un costado de la mesa guarda distintas partes de futuros instrumentos. Arriba, sobre una repisa, espera una alineación de instrumentos de cuerda de distintos colores y tamaños.
Piotto, con 31 años, trabaja mayoritariamente en reparar instrumentos de cuerda de todo tipo. Es su principal fuente de ingresos, aunque lo que más le gusta es crear: “Un sueño sería dedicarme solo a hacer instrumentos y vender, las reparaciones son cosas que están buenas, requieren creatividad y ser resolutivo, pero disfruto más trabajando con la madera en bruto”, afirma.
Su vínculo con la música empezó de chico. Creció viendo a su padre tocar el órgano eléctrico, ese fue el primer instrumento que aprendió a tocar. Ya de adolescente se familiarizó con la guitarra: empezó a ir a clases con un profesor de barrio y comenzó a formar sus primeras bandas de rock. Dedicó su adolescencia a la música, dejó el liceo y empezó a tocar en la calle y en los ómnibus. Al mismo tiempo comenzó sus estudios en luthería en la Escuela de Artes y Artesanías Pedro Figari, por recomendación de su madre. Le gustó.
Instrumentos que guarda Emanuel Piotto en su taller, muchos de ellos fabricados por él
El vínculo de Ariel con la música empezó antes de nacer. “Mi madre era pianista; desde el momento de la concepción tocaba el piano para que yo recibiera la música”, recuerda. En casa, la guitarra estaba asociada a su padre y nunca se animó a tocarla: “Creo que al ver a mi padre tocar tanto me dio demasiado respeto por el instrumento y por otro lado, de niño, y sobre todo de adolescente, no quería parecerme a mi padre”, dice.
Antes de cumplir diez años, estudió violín, pero no duró mucho. Como a muchos otros, el rock marcó su adolescencia: “me gustaba mucho la guitarra eléctrica, pero no me dio para abordarla”, comenta. Escuchaba bandas como Led Zeppelin, Deep Purple y The Beatles, a través de estos últimos fue que descubrió la música de oriente.
A los 14 años hizo su primera guitarra. Era para su amigo. Juntos viajaron por Latinoamérica, de Buenos Aires a Machu Picchu en tren, con paradas en distintas localidades del continente. Tenían 17 años y cero plata. Cuando llegó a Cusco escuchó por primera vez un disco de Ravi Shankar —famoso sitarista de India—; ahí decidió que quería aprender a tocar ese instrumento.
Ravi Shankar le enseña a George Harrison a tocar el Sitar. 1968 (Rishikesh, India)
Cuando llegó a Uruguay, construyó su Sitar. No había referencias de cómo construirlo en Uruguay, así que se basó en la portada de un long play de Shankar que consiguió en una tienda de música.
Al terminar el liceo se inscribió en medicina: “No llegué a cursar, no era para mí, por suerte me di cuenta a tiempo”, afirma. Se cambió a la carrera de musicología en la Universidad de la República y, en paralelo, continuó aprendiendo Sitar por su cuenta.
Sitar fabricado por Ariel Ameijenda
Un poco de historia
Los primeros registros de instrumentos de cuerda se remontan a la prehistoria, las liras y los laúdes datan del año 2500 a.C. aproximadamente, en la Mesopotamia y posteriormente en Egipto.
Con el tiempo, el oficio tomó más importancia. En la Edad Media el oficio de constructor de instrumentos de cuerda comenzó a recibir un reconocimiento formal y se formaron los primeros gremios. No fue hasta el renacimiento que se empezó a considerar como un arte y una profesión, especialmente en Italia, donde surgieron algunas de las escuelas más importantes de luthería y nuevos instrumentos.
En los siglos XVIII y XIX surgieron nuevos instrumentos como la guitarra clásica de la mano de luthiers españoles como Antonio de Torres Jurado. Por otra parte, el avance de la revolución industrial allanó el camino para que estos instrumentos se empiecen a producir en masa. El arte de la creación artesanal perdió mercado, pero mantuvo su prestigio, especialmente cuando se trata de instrumentos de alta calidad.
En el siglo pasado aparece un nuevo cambio: lo electrónico. Alrededor del 1930 aparecen las primeras guitarras eléctricas, que ganaron gran popularidad y cambiaron el modelo de trabajo: la construcción se adaptó a cuerpos sólidos, con nuevos componentes y materiales.
Ariel Ameijenda trabjando de joven
A sus 61 años y luego de más de 40 trabajando, Ariel ha visto las altas y bajas del oficio en Uruguay. “Ha tenido momentos de declive o falta de proyección, pero ahora veo que se está revalorizando”, afirma, aunque considera que también bajó el nivel de dedicación que requiere la profesión: “en la antigüedad tenías que ir a vivir con un maestro y practicar el oficio mucho tiempo y después dar un examen, hoy en día podes hacer un curso en internet y ya te sentís un discípulo”.
En la actualidad, para estudiar luthería hay distintas propuestas: la UTU ofrece la “Formación Profesional Básica en Luthería» —de dos años de duración— en la Escuela de Artes y Artesanías Pedro Figari. Hay más ofertas, en su mayoría privadas, que se dictan en formato de taller, generalmente de la mano de un luthier en su propio estudio.
El instrumento
“Después que hice el Sitar agarré el gusto de hacer instrumentos y empecé a trabajar en el taller de mi padre. Empecé a vender alguna guitarra y a reparar sobre todo como forma de ingresos” dice Ariel. Abrió su taller de San Salvador y Magallanes, en Palermo —la casa de sus abuelos—, hasta que el cambio de vida lo llevó a Piriápolis. Con el tiempo decidió dejar casi por completo las reparaciones para dedicarse plenamente a la creación.
A través del trabajo, Ariel volvió a reconectarse con la tradición española que había conocido en casa: la escuela que su padre estudió con grandes maestros, el modo de entender la tapa, el varetaje, la búsqueda de proyección y equilibrio. Tras años de estudio y viajes, Ariel volvió al banco con la sensación de estar regresando al taller del padre, a una forma de hacer que ya estaba en sus manos desde la infancia.
Esa reconexión definió su carrera. Retomó la luthería con el criterio de excelencia que le inculcaron en casa —hacer pocas pero de calidad—, se concentró principalmente en hacer guitarras clásicas de concierto. Empezó a viajar a Estados Unidos, Europa y otros países, se vinculó con grandes distribuidoras de guitarras de luthiers y, dado el éxito, empezó a trabajar con lista de espera.
Ariel Ameijenda trabajando en una de sus guitarras
Según Ariel, lo que los músicos destacan de sus instrumentos es porque: “Son muy equilibrados y con mucha riqueza tímbrica, o sea, riqueza de colores y de matices”, dice. Las reseñas de Guitar Salon International y Siccas Guitars sobre las guitarras de Ariel Ameijenda convergen en tres ideas: sonido de proyección firme y equilibrada, materiales de alta calidad y fiel a la tradición española de crear las guitarras.
Las guitarras Ameijenda fueron solicitadas y elogiadas tanto por artistas de la escena internacional (nombres como: Julia Trintschuk, Eduardo Fernández ,William Kanengiser, Andrew York, Roberto Aussel, Pavel Steidl, etc.) como nacionales. Entre los uruguayos con guitarras de Ariel se encuentran: Daniel Drexler, Gustavo Ripa, Ramiro Agriel, Reyes Paez, entre otros.
Alina Silva, artista y guitarrista uruguaya se reunió con Ariel para crear una guitarra a su medida. Cuando empezó a tocar en público y a estudiar obras más complejas en la Licenciatura de Interpretación, tuvo la necesidad de subir la calidad de su instrumento. “Me oyó tocar e hizo observaciones de lo que tendría que tener una guitarra que se adecúe a mí” dice Alina. Tras probar sus guitarras y tocar frente a él, Ariel le fabricó una guitarra con ajustes personalizados: un diapasón apenas más chico, adecuado a su mano, y construcción en cedro para potenciar un color sonoro opaco y dulce. El resultado, según la intérprete, fue una guitarra más cómoda y con mejor sonido, que proyecta mucho más y que potenció su “toque dulce”, pero que también responde cuando busca un timbre más brillante o metálico. Además, le permite tocar en vivo a un volumen “normal” sin preocuparse por quedarse corto.
El Maestro de Maestros Bill Kanengiser tocando Francisco Tarrega en una Ameijenda de Blackwood (Guitar Salon International)
Por su parte, Emanuel fue probando formatos hasta armar su propio catálogo: guitarrones, una guitarra eléctrica hecha con piezas de skate, otra eléctrica de doble mástil en guiño a Jimmy Page y excursiones hacia otros instrumentos de cuerda, principalmente de la zona del mediterraneo, cómo el mandole argelino. Ese repertorio le permite moverse entre lo tradicional y la experimentación. Aprendió y usa el método francés: trabaja la caja por un lado, el brazo por otro, y luego hace el ensamble. Piotto prioriza que el instrumento suene bien, esa es su búsqueda.
De todas formas, cómo la mayoría de los luthiers en este país, Piotto mantiene su taller en base a reparaciones, modificaciones y puestas a punto. vender instrumentos propios es lo que menos hace, vende uno o dos por año: “Hay mercado, pero es difícil de acceder”, agrega. Su público llega del boca a boca, muchos son colegas de la escena musical donde se mueve. También llegó a ofrecer sus servicios por mercado libre y muestra sus trabajos por medio de Instagram.
Emanuel Piotto cuenta su proceso de fabricación de guitarras
La busqueda
En 1991, Ariel hizo el primero de tres viajes a India. Una vez allí, fue adoptado por un maestro del Sitar: Saeed Jaffar Khan, miembro de una familia de sitaristas desde 1500. Hicieron una ceremonia para darle la bienvenida a la familia y jamás aceptaron que pagara por las clases.
Ariel Ameijenda tocando su Sitar
Parte del aprendizaje en sus viajes, fue conectar con su espiritualidad: estudió filosofía india y puso en práctica algunos de sus métodos, como el yoga y la meditación. Dos de sus viajes los pagó la Asociación de Yoga Sivananda, para hacer traducción simultánea de inglés a español en retiros y cursos de yoga. Por su trabajo como traductor y sus viajes a los Himalayas tuvo la oportunidad de conocer a siete discípulos directos de Swami Sivananda (gurú y maestro indio que impulsó la enseñanza del yoga y la Vedanta): “Fue una rara suerte que tuve, con varios de ellos de tener entrevistas y encuentros personales, y de recibir enseñanzas directas, concretas, de parte de ellos”. afirma.
Ariel destaca un recuerdo en particular: viajó en tren desde Delhi hasta un ashram al pie de los Himalayas para ver a Swami Nada Pramananda, un monje músico que en ese momento tenía 93 años. Ya no daba clases y, aun así, accedió a darle una lección: Ariel debía marcar el pulso de una canción con su mano. “La letra decía algo así como: mucho peregrinar, pero sin dejar el ego no se avanza” dice Ariel, que sintió que el mensaje iba dirigido hacia él. Cuando se salió del tiempo, llegó el rezongo y luego la enseñanza que guardó desde entonces: “La melodía es Shakti, la madre, la dulzura; el ritmo es Shiva, el padre, el que hace cumplir; si no están los dos, no hay música” recuerda.
La experiencia lo desarmó físicamente: volvió con un malestar que atribuye a la intensidad del encuentro. Ariel comprendió que esa máxima iba más allá de la música y asegura que logró un equilibrio tanto musicalmente como en la vida. “Creo que incluso catapultó mi relación con mi padre y me preparó para lo que venía el año siguiente, ser padre de mi primer hijo”, afirma.
Muchas veces los viajes abren puertas y disparan pensamientos que nunca salieron del sótano. Emanuel viajó a Italia en 2024. Estuvo en Cremona —‘la capital del oficio’ y el hogar del célebre Stradivari— y en Nápoles, donde visitó el taller de Giuseppe Manna y un museo dedicado al mandolino. Entendió al instrumento como parte del patrimonio de un lugar y al luthier como aquel encargado de preservarlo.
“Estando allá y conociendo otros luthiers me di cuenta que lo que buscaban era continuar con el legado de sus raíces” dice Piotto. La experiencia del viaje lo llevó a preguntarse por sus propias raíces, fue así que surgió la idea de empezar a fabricar guitarrones uruguayos: este año hizo el primero y ya está trabajando en otro.
Parte de lo que le interesa de este instrumento es que no tiene una escuela clara de cómo debe ser, ahí entra la experimentación que tanto le gusta: investigar medidas, probar soluciones y, cuando hace falta, desviarse. Piotto asume el proyecto como un propósito personal y su motivación es clara: “Si no lo hacemos nosotros (luthiers uruguayos), no lo va a hacer nadie”, afirma.
Emanuel Piotto cuenta su guitarrón uruguayo (IG: @piottolutheria)
En Uruguay, la luthería se sostiene entre talleres pequeños, clientelas específicas y un mercado atravesado por importaciones baratas. Ariel eligió concentrarse en pocas guitarras de concierto y un circuito internacional que acepta la espera; Emanuel mantiene el taller con reparaciones mientras empuja la construcción propia. Son estrategias distintas para un mismo problema: cómo hacer viable un oficio que exige tiempo, materiales y oído.
Al final, ambos buscan lo mismo: instrumentos que suenen, duren y digan algo del lugar donde se hicieron. Tradición y experimentación, dos notas de un mismo acorde que, desde Uruguay, sigue sonando.




