SEGUNDO IMPACTO: EL LIMBO DESPUÉS DEL CHOQUE
MARTIN NEIRA
Los siniestros de tránsito son una de las principales causas de muerte y lesiones en Uruguay, pero el accidente es solo el comienzo de un largo camino.

Capítulo 1: Infierno

Gustave Doré

A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento!

Inés tuvo su accidente el 19 de agosto de 2009, a sus 40 años. Salía de trabajar de la escuela de Colinas de Solymar e iba en auto por la Ruta Interbalnearia, que en ese momento estaba en obras: se estaba convirtiendo en una ruta de doble vía de circulación. Hasta el momento solo había dos carriles habilitados y según Inés, la señalización no era clara. “La persona que me chocó no estaba atenta o no vió bien las señalizaciones, que además no eran buenas: muy escasas y poco visibles”.

Ella se dirigía hacia el oeste; el otro auto venía del este, en dirección a Montevideo, conduciendo a contramano. “Fue un impacto bastante fuerte por la velocidad de él, yo iba despacio, lo ví, le hice señas, toqué bocina”, dice. Inés intentó virar hacia la izquierda, pero no pudo evitar el impacto. El otro vehículo colisionó de frente, contra la parte del acompañante. “Dí un par de vueltas y volqué”. Quedó atrapada dentro del auto, sin poder abrir la puerta.

Un inspector de policía caminera que justo pasaba por la zona, ayudó a Inés a salir del vehículo junto a otro vecino. También fue él el que llamó a emergencias. Inés recuerda la ambulancia y el tiempo de espera con precisión, un lapso que, en su relato, fue clave y que quedó registrado en la actuación policial: «Los policías llegaron a la brevedad, pero la ambulancia se tardó 55-57 minutos en llegar». Es una cifra que según el perito forense, la ponía en riesgo de vida en caso de entrar en shock.

Inés fue solo uno de los 27.151 casos de siniestros de tránsito de 2009. Murieron 535 personas, una cifra anual que colocaba a los siniestros de tránsito entre las principales causas de mortalidad en el país. Los últimos datos de UNASEV son de 2024 y las cifras se mantienen elevadas: 21.597 siniestros, 27.300 personas afectadas y 434 muertos, un Teatro Solís lleno.

Inés sufrió varias fracturas que requirieron múltiples operaciones y la dejaron en cama casi cinco meses. Inés recuerda que tuvo que solicitar psiquiatra a domicilio y tomar  medicamentos para sobrellevar la ansiedad. “Pasé de dar diez clases al día a estar en una cama sin poder moverme”, relata. Tardó casi un año en volver a caminar con ayuda de un bastón.  Tardó dos años para poder desplazarse normalmente, pero todavía tenía que seguir recurriendo a traumatólogos y fisioterapia.

Hasta ese entonces, trabajaba como profesora de educación física. Luego del accidente, Inés estuvo dos años certificada por las lesiones. “Hasta que en un momento me jubilaron por incapacidad, justamente por mi profesión, aunque en ese momento no quería”, afirma.

Otra parte del impacto es económico. Inés indica que hubo gastos que corrieron por su cuenta en la etapa inicial, antes de cualquier reclamo formal: pagar peritos, costear sesiones de fisioterapia, sostener una familia con menos ingresos. Los tiempos de espera para recibir compensación económica pueden ser largos y los recursos de las víctimas, en muchos casos, son limitados. De todos modos, para Inés la plata no era la única preocupación: “Lo que les afectó a mis hijas, que en ese momento eran chicas, era mucho más importante que todo lo demás”.

Este relato médico es el de la mayoría de quienes sobreviven a un impacto serio. Después de la urgencia viene la rehabilitación, y después, para muchos, el tiempo de pruebas médicas y evaluaciones que determinan secuelas. Sin embargo, para quienes busquen la indemnización, les queda más camino por recorrer.

Capítulo 2: Purgatorio

Gustave Doré

¿Quién os condujo, o quién os alumbraba, al salir de esa noche tan profunda, que ennegrece los valles del infierno?

¿Se han quebrado las leyes del abismo? ¿o el designio del cielo se ha mudado y venís, condenados, a mis grutas?

Virgilio, el escritor romano, es quien guía a Dante durante el infierno y el purgatorio.

El abogado Francisco Saez, como muchos otros, continuó el legado de su padre, que en 1986 abrió un estudio jurídico y se especializó en juicios de tránsito. “Mi padre fue el primero”, afirma. Hoy es él quien dirige el estudio.

Según Saez, el 99% de sus clientes llegan por el boca a boca, aunque debido a la gran competencia, se tuvo que adaptar a las promociones en redes sociales. “Hace un tiempo empecé a filmarme en las redes porque es la nueva manera de venderte”, dice Saez, que también asegura que le cuesta esa adaptación: “A mi no me gusta usar redes sociales pero en breve voy a empezar a hacer videos en vivo y esas cosas, ha cambiado el sistema y si no estás adaptado quedas obsoleto”.

Hoy, el mercado de abogados especializados en siniestros de tránsito es sumamente competitivo. Saez afirma que este fenómeno tuvo un punto de inflexión cuando la reglamentación y la práctica del Seguro Obligatorio de Automotores (SOA) comenzaron a mostrar posibilidades concretas de cobro sin litigar: “Durante dos años nadie sabía nada, más o menos en el 2011 hizo como un boom”.

La ley SOA, aprobada en 2009, obliga a la aseguradora del vehículo responsable a pagar indemnizaciones por lesiones y muertes de terceros hasta ciertos topes, sin necesidad de acudir primero a un juicio. Es una vía pensada para acelerar la reparación económica; en la práctica, sin embargo, también abrió una oportunidad para quienes hacen de la captación una estrategia. 

“Montevideo está totalmente corrompido y me quedo corto, el norte del país también”, afirma Saez. No todos los estudios se parecen entre sí. Saez distingue con claridad dos perfiles: los abogados que trabajan por referencia e informan honestamente las posibilidades que tiene la víctima, y “los famosos caranchos, como la película de (Ricardo) Darín, que no está nada alejada de la realidad”. Saez cuenta que llegan a las víctimas en una situación vulnerable, prometen montos rápidos y presionan para firmar representaciones.

Carancho (2010)

“Tengo un caso de una clienta que me llamó hoy que me dice que está podrida de que la llamen abogados para ofrecer sus servicios”, comenta Saez. La información hoy les puede llegar de distintas formas, Saez habla de que en Montevideo hay funcionarios policiales corruptos, choferes de ambulancia, infiltrados dentro de hospitales y salas velatorias que filtran la información a otros colegas. “No se explica cómo un abogado puede llegar a la dirección cinco minutos después de producido el accidente, o cómo aparecen en la puerta de la casa al otro día”.

Inés no tiene muchos recuerdos de sus primeros días después del accidente, sin embargo, afirma que fueron abogados hasta el hospital para ofrecerles sus servicios: “Hablaron con mi marido, le dijeron que en un mes ya iban a cobrar cierta cifra, pero él los sacó corriendo”, relata.

La Red Nacional de Víctimas y Familiares de Siniestros de Tránsito también reconoce esta realidad. “Hay un abuso por parte de algunos profesionales”, dice Alba Curbelo, la vicepresidente de la red, que también asegura que hay desinformación en el tema; “Nosotros tratamos de informar y orientar a las personas en ese sentido. Hay cosas, como el trámite del SOA, para los que no se necesita la figura de un abogado”. Por su parte, Saez asegura que un buen asesoramiento puede acelerar los tiempos y obtener mejores resultados.

El reclamo SOA permite cobrar pronto y evitar costos de un juicio largo. Sin embargo, en algunos casos, para la víctima puede significar renunciar a una reparación completa. “Los recursos que te devuelve el SOA son prácticamente mínimos para lo que te cambia la vida, un siniestro de tránsito”, agrega Alba. Cuando la vía administrativa del SOA no alcanza, se procede a un juicio formal.

Dos años después del accidente, en 2011, cuando le determinaron la jubilación por incapacidad, Inés fue a juicio con una amiga abogada de confianza. “La indignación de que me cambiaron la vida en un segundo me llevó a ir hasta las últimas consecuencias”, dice Inés.

El juicio ordinario empieza formalmente con la demanda. Una vez presentada la demanda y acompañada con las pruebas iniciales, la otra parte (la aseguradora o el conductor responsable) tiene hasta 30 días para contestar. A partir de ese momento se abre la fase probatoria: peritajes médicos para acreditar lesiones y secuelas, peritajes contables para calcular a cuánto corresponde la indemnización y peritajes vehiculares para reconstruir el siniestro. Esos informes suelen definir el valor del reclamo y, a su vez, implican gastos que muchas veces debe anticipar la parte demandante.

Antes de llegar a un debate oral, la ley prevé instancias de acercamiento: la conciliación previa (un intento formal de acuerdo) y la audiencia preliminar. “Nos hace perder mucho tiempo en vano” afirma Saez sobre la instancia de conciliación. Si no hay acuerdo, siguen las audiencias probatorias —donde se rinden y discuten peritajes y testimonios—, los alegatos y la sentencia.

Por su parte, las aseguradoras suelen usar todos los recursos procesales a su alcance: defensas técnicas, cuestionamiento de peritajes y apelaciones que dilatan resoluciones. Esa dinámica empuja a la otra parte a aceptar acuerdos parciales —generalmente por montos inferiores— para evitar los costos de un litigio largo. “En cada audiencia, las aseguradoras ponían como chicanas con el objetivo de dilatar el tiempo”, dice Inés y agrega: “Mientras tanto nos iban ofreciendo llegar a un acuerdo monetario que era mucho menos de lo que esperábamos”.

Saez advierte que, en la práctica, entre audiencias y apelaciones, algunos pleitos complejos pueden prolongarse hasta 15 años o más. Para muchas víctimas, esa realidad los empuja a alcanzar un acuerdo previo a la sentencia. No fue el caso de Inés.

Capítulo 3: ¿Paraiso?

Gustave Doré

Aquí las nobles almas ven la huella del eterno saber, y éste es la meta a la cual esa norma se dispone.

Al orden que te he dicho tiende toda naturaleza, de diversos modos, de su principio más o menos cerca;

y a puertos diferentes se dirigen por el gran mar del ser, y a cada una les fue dado un instinto que las guía. 

Alba Curbelo, la vicepresidenta de la Red de Víctimas y Familiares de Siniestros de Tránsito, perdió a su hijo en un accidente el 16 de marzo de 2008. El dolor de la pérdida fue justamente lo que la llevó a meterse en el tema. “Sentí que había un vacío para las víctimas”, relata.

En búsqueda de una respuesta para ella misma fue que se acercó a la Unidad Nacional de Seguridad Vial y empezó a vincularse con otras personas que pasaron por algo similar. “De a poco comencé a sentir el compromiso de acompañar y orientar a otras víctimas”, dice Alba.

La Red Nacional de Víctimas y Familiares de Siniestros de Tránsito es una asociación sin fines de lucro que se extiende por todo el país. Según Alba, comenzaron a trabajar en 2008 con el fin de apoyar e informar a las víctimas y/o sus familiares luego del accidente. “Muchas veces las personas tienen vergüenza (de hablar del tema), detrás de todo ese dolor”, agrega.

Inés no conocía la existencia de la Red. Cuando tuvo su accidente, la organización aún se estaba formando. Hace unos años, en pos de alcanzar e informar a más personas sobre los riesgos del tránsito y cómo actuar ante un siniestro, la Red publicó una guía en 2016. Se prevé que en noviembre de este año, en el día de la víctima, se publique la segunda edición.

En caso de querer contactarse con la Red Nacional de Víctimas y Familiares, se puede hacer a través de su correo electrónico: renavic.uru@gmail.com.

Al final, todo termina con una sentencia. Se puede apelar y en algunos casos, hasta se puede ir a tasación con la Corte Suprema, pero, en definitiva, su futuro vuelve a estar en manos de otra persona. Esta vez, de un juez.

“Termina siendo un poco injusto, (las aseguradoras) te chicanean todo y estás diez años para recibir una indemnización que termina siendo insuficiente”. A pesar de todo, Inés siempre se mantuvo positiva, tanto en la recuperación como en el juicio.

Después de años, la sentencia finalmente falló a favor de Inés. “Más allá de la cifra que puedas cobrar, que te den la razón es como hacer un poco de justicia” dice Inés, que hoy, a pesar de las secuelas con las que todavía convive, mira sin rencor un capítulo que ya cerró: “Tengo mil operaciones y fierros por todos lados, pero estoy bien, mi familia está bien y yo estoy bien y punto”, agrega.

MARTIN NEIRA

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