Hoy la economía del sexo funciona en plataformas cuyo paradero desconocemos, pero que prosperan en un país donde el 91% de los hogares tiene conexión a internet, según la última encuesta de AGESIC (2022). Para muchos las suscripciones, paquetes eróticos, chats y videollamadas reemplazar —temporal o definitivamente— el encuentro presencial. Pero, aunque la virtualidad en apariencia sea más segura, accesible y rentable, esa migración calle-virtualidad conlleva nuevos riesgos: filtración, captura y reventa de contenido. Según la Unidad de Ciberdelitos en la Fiscalía, en los primeros seis meses del 2025, estas denuncias ya superan los 2.000 casos; y según la abogada especializada en Derecho Digital, Bárbara Muracciole, el Estado uruguayo no tiene forma de regular esta situación.
“El derecho no puede asegurar a las personas que los contenidos que suben a la web no van a ser mal utilizados, las leyes no pueden. Una vez que uno libera algo en la web, pierde absolutamente el control».
BÁRBARA MURACCIOLE
Abogada Especialista en Derecho Digital
La puerta dejó de ser física y se convirtió en un enlace; la habitación, en una videollamada; el timbre, en una notificación. Y el dueño del prostíbulo o el proxeneta ya no son personas sino una empresa con lenguaje corporativo que puede cerrar cuentas, retener fondos o borrar identidades digitales sin dar explicaciones. OnlyFans, Telegram, Divas Play, entre otros, funcionan como whiskerías digitales donde cualquiera puede trabajar con un celular y un aro de luz.
¿Y ANTES QUÉ?
Antes, en esta modernidad la economía del sexo era cuerpo pero también era tacto, el hoy y el nuevo hoy conviven con una cosa en común y esa es la tranza. Sin misterios: acá hay cuerpo y también hay lo que pidas mientras pagues. En Uruguay, tanto en el interior como en Montevideo, la prostitución tiene aún su lugar en la calle, donde las trabajadoras suelen parar esperando ser «levantadas».
Luego de la calle, lo más popular ha sido el prostíbulo tradicional. Casas con cuartos donde viven o residen a medio tiempo trabajadoras, donde los clientes van y son atendidos por las trabajadoras hasta que concreten un servicio hacia uno de los cuartos.
Lo seguido es la whiskería, que funciona como un bar pero suma el componente del sexo. Un bar, un club social donde las trabajadoras levantan copas, toman con los clientes, bailan, juegan algún pool y van atendiendo a los hombres. En los cuartos al fondo pasa el otro negocio. En estos lugares, las trabajadoras sexuales no cobran estando ahí, sino lo que hagan en la noche.
Algunos bailes fueron «lugares de levante» ya no existen como Ibiza, eran lugar de trabajadoras sexuales especialmente trans, que levantaban clientes allá viviendo su noche y presentándose como prostitutas.
Le siguen las casas de masajes, donde los servicios se arreglan a conveniencia y necesidad del consumidor. Servicios de masajes comenzando la intimidad que termina con actos sexuales. Apenas después habían casas de baile, donde se miraba y no se tocaba así como se tocaba y valía todo, pero gratis nada.
El lugar cambió, pero la transacción fundamental persiste: atención e intimidad a cambio de dinero para, en su mayoría, hombres solos que buscan compañía. ¿Son estas redes una nueva forma de pornografía, un trabajo sexual más, o los proxenetas del siglo XXI?
El lugar donde todo sucede. Estructuras económicas, algoritmos e intermediarios que ordenan el deseo, fijan las reglas y deciden el alcance de los contenidos.
Producen, negocian y resisten. Trabajan entre la autonomía y la exposición, un entorno donde la visibilidad es moneda y el silencio, un costo.
El deseo que sostiene el sistema. Consumos fugaces y fidelidades que moldean el mercado. Fantasías y fetiches que definen qué cuerpos valen.
¿ES PORNO O PROSTITUCIÓN?
En el sexo digital, dos universos que antes parecían opuestos —porno y prostitución— se superponen cada vez más. Un video puede ser una pieza de consumo para miles o la huella de un encuentro íntimo que se diseña para una sola persona. Y esa línea, que antes se definía por la presencialidad o no del acto, desaparece en las plataformas digitales.
La clave ya no está en la naturaleza del acto, sino en la forma en que el consumidor adquiere el producto: ¿compra un archivo o compra que alguien lo nombre, lo escuche y lo imagine? Esa diferencia transforma un contenido en pornografía o en prostitución digital.
Cuando un video o una foto se adquiere sin interacción, estamos ante pornografía. Pero cuando el consumidor habla con la creadora y pide algo a medida, eso constituye prostitución digital: no compra un archivo, compra una experiencia. Pero incluso esa distinción, que desde afuera parece clara, no siempre coincide con cómo se nombran las propias creadoras. Muchas no separan sus prácticas en categorías rígidas: no dicen “esto es prostitución” o “esto es porno”, sino que hablan simplemente de contenido para adultos. “Me considero creadora de contenido adulto”, dice Juana, de 27 años, quien trabaja en plataformas como OnlyFans, Reddit y TikTok y prefirió mantener su anonimato en el informe. En su visión, la autogestión convive con la oferta sexual: “Es trabajo sexual, no le corro el cuerpo a la palabra, pero también es contenido artístico y una forma de sostenerme por mis propios medios”.
Flora, por su parte, hace cuatro años que empezó a vender contenido en Telegram y hoy vive con los ingresos de estas prácticas, señala que no era algo que se había puesto a pensar. “Nosotras,al fin de cuentas, somos modelos de OnlyFans”, agrega.
A esto se suma el discurso de plataformas como DivasPlay —el “OnlyFans latino”— que prefieren no llamar prostitución a lo que ocurre en sus espacios digitales. Para su fundador, Mauricio Peña, el término todavía carga una connotación negativa en la sociedad y está históricamente ligado al intercambio físico. Según afirma, en su plataforma “la mayoría de las chicas no realiza ese tipo de encuentros”, por lo que aplicar la palabra en el ámbito digital no solo sería impreciso, sino que también podría generar nuevas formas de discriminación.
LA HISTORIA DE PATRICIA
Pato tiene dos vidas: una pública y una privada. En la pública trabaja en recursos humanos. Compañera de oficina, profesional y discreta. En las plataformas se hace llamar Syn, por Shinnok, el personaje del videojuego Mortal Kombat. Cosplayer, nerd, creativa. Se identifica como actriz porno y trabajadora sexual digital.
SIN REGLAS CLARAS
La regulación del sexo digital vive en una zona gris: categorías jurídicas pensadas para calles, normas que no imaginaron la llegada de plataformas y transacciones de dinero que los bancos no logran detectar. La oferta en chats privados y las plataformas con servidores en el exterior se escapan de las leyes locales, mientras abogados consultados señalan que pensar en que Uruguay puede legislar estos espacios “es tener una norma preciosa, que no se la vamos a poder aplicar a nadie», según Muracciole.
En el universo del sexo digital, la viralización no solo es fama, sino también vulnerabilidad. Una vez que un video circula, deja de ser de quien lo creó. “Es un multiverso —dice Synnok—. Una vez que te viralizás, te van a robar contenido siempre, es parte del juego”.
¿Qué hace el Estado frente a ese circuito infinito de copias, capturas y reventas?
EL ONLY URUGUAYO
DIVAS PLAY
DivasPlay ocupa un lugar singular dentro del ecosistema del sexo digital: funciona como un “OnlyFans latinoamericano”, más cercano a la industria pornográfica profesional que al caos amateur de Telegram o a la autonomía absoluta de las plataformas globales.
Nace como la continuidad digital de Divas TV, el primer canal porno uruguayo, creado por el empresario Mauricio Peña, quien en los años noventa ya administraba prostíbulos y producciones para adultos antes de trasladar el negocio al entorno online durante la pandemia. Algunos lo conocen como “el zar del sexo” pero él se identifica como “un empresario tecnológico”
La plataforma se define como un “multinacional latinoamericana” con operaciones fuertes en la región, pero también con mercado en Europa, Estados Unidos y, últimamente, Turquía. Desde su origen, DivasPlay se estructuró como un producto profesionalizado con un proceso de admisión estricto. Quien quiera crear contenido debe pasar por una validación que combina biometría, control manual y grabación de consentimiento explícito para asegurar que la persona es mayor de edad, actúa voluntariamente y cumple los requisitos legales.
La empresa se queda con el 20% de las ganancias —igual que OnlyFans—, y ofrece acuerdos especiales para celebridades como las modelos Wanda Nara y Luciana Salazar, que pueden negociar condiciones y acceder a mayor promoción interna, algo que otras plataformas no ofrecen.
El modelo de negocio apuesta a experiencias “premium”: suscripciones desde 15 dólares, mensajes pagos, material personalizado, videollamadas y lives. Según Peña, las trabajadoras pueden llegar a ganar de U$S 200 a U$S 600 semanales si se dedican a la creación de contenido constante; mientras que las figuras públicas consiguen cifras más elevadas, algunas cerca de los U$S 100.000 por mes.
Casi todas las creadoras de la plataforma son mujeres, “el 99,9%”, asegura Peña, y sus consumidores buscan algo más que pornografía explícita: “es más el morbo, el intento de comunicarse, el intento de llegar que el contenido triple XXX”.
Aunque la plataforma compite directamente con OnlyFans, Peña destaca que DivasPlay retiene y acompaña más a sus creadoras, ya que no tienen el mismo volúmen de usuarios: «Si a una modelo le va mal o se quiere ir, a nosotros sí nos importa, porque somos menos”. En Argentina, el fenómeno explotó con figuras mediáticas como la actriz Florencia Peña, la modelo Ivana Nadal y la influencer Charlotte Caniggia.
La empresa también interviene en la lucha contra el inevitable robo de contenido que atraviesa al sector. Peña afirma que monitorean foros —“como espías”— y mantienen contacto directo con administradores de ciertas páginas para solicitar bajas de contenido ilegal. Aunque por el otro lado, también reconoce que el registro en su página de quién desee consumir es mínimo y se puede falsear con facilidad, lo que de alguna forma refuerza el anonimato y puede perjudicar el robo de contenido.
CRÓNICA: BUSCANDO UNA TRISTE PUTA
¿Quién te dijo que la pantallita no te traería una experiencia de verdad? ¿Que con unos mensajes no podrías sentir nada que no sientas en persona? La pantallita es un repartidor de experiencias.
Varones y mujeres, trans y cis. Parejas, más viejos y más pendejos, de piel morena y blanca, flacos y con cara de nada o con cara de snob, ni una triste puta me dio pelota. Los conté, fueron 119. Coordenadas no encontré para graficar este mapa, pero sí patrones y datos que nos dieron base de la investigación de Grupo Visión Noctura entre el 2023 y 2024 del trabajo sexual en digital. En Uruguay, el 89% de las trabajadoras sexuales digitales usa el celular como principal herramienta de trabajo.
ENTRE LA NUBE Y LA REALIDAD
El trabajo sexual digital en Uruguay existe y está en auge, pero lo hace sin derechos claros, sin protección efectiva y sin una regulación adecuada. Las plataformas obtienen ganancias; los consumidores, anonimato; las trabajadoras, exposición, guita, pero también riesgos: difusión masiva de imágenes sin consentimiento, extorsión, cierres de cuentas sin explicación y ausencia de protecciones laborales o digitales a nivel nacional.
“Una persona que actúa desde el anonimato, sin nombre ni datos reales, puede capturar un contenido y hacer lo que quiera, sabiendo que es muy difícil que lo atrapen».
BÁRBARA MURACCIOLE
Abogada Especialista en Derecho Digital
A eso se suma el peso del estigma. La discusión sobre si esto es “trabajo», “porno” o “prostitución digital” no es solo semántica; según los profesionales entrevistados y las creadoras, el uso de estas palabras define cómo la sociedad interpreta a quienes participan del ecosistema. Mauricio Peña, director de Divas Play, describe que mucha gente está en desacuerdo con este tipo de acciones salvo que sea gratis: “Si hay una plataforma que cobra o que les da esa ventaja de cobrar: es maldad. Si es gratis, no es problema”. Ese rechazo condiciona políticas públicas, cobertura mediática y hasta la voluntad de las propias productoras de contenidos de hablar sobre el tema.
La pregunta final es directa:
¿Cómo regular un trabajo que ocurre en servidores sin fronteras, con pagos que circulan por redes financieras internacionales y cuerpos que existen en la nube?
LA RESPUESTA TODAVÍA NO EXISTE...AL MENOS EN URUGUAY